viernes, 12 de octubre de 2018
La Guerra de las Galaxias.
Tiene muchos de los momentos más épicos de la historia del cine para los que tenemos entre cuarenta y cincuenta años y si las nuevas generaciones conocen las películas es gracias a que casi todos nosotros somos nerd. Recuerdo a mi madre asombradísima ante mi obstinación en admirar una película norteamericana con sables de luces y wooks gruñones, con efectos especiales setentistas. Hija, me dijo más de una vez, eso es pura yankylandeada. Y era cierto, y cuando ví las películas los efectos especiales eran definitivamente atrasadísimos, pero la historia era tan buena que una olvidaba a los cinco minutos esos detalles. Una universo propio, un cosmos y una tragedia familiar en una trilogía de películas. Cuando fuí más grande ví la precuela y las dos primeras películas mucho no me gustaron; la tercera me pareció genial. Me pareció genial sobre todo ese momento oscuro donde los jedis, esos caballeros juramentados con sables lasers, son asesinados por la espalda por las tropas del emperador. Ocurre en diferentes planetas, y son de diversas especies y de diversos sexos los jedis, pero la tragedia de su muerte es idéntica. La tragedia de los que mueren asesinados por la espalda y son olvidados para siempre, salvo por unos pocos, que sobreviven, a veces, y a veces no.
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