lunes, 29 de octubre de 2018
Silent Hill
Las casas embrujadas son una tradición dentro de la literatura de terror: desde la de Hansel y Gretel, pasando por las mansiones de Poe y Lovecraft, y llegando al hotel de El Resplandor, todas ellas representan el mal en una casa. La serie de Netflix sobre Silent Hill, basada en la novela de Shirley Jackson es excelente: no sólo está grandiosamente actuada (están allí Timotty Hutton y Carla Gugino, pero los otros actores, más jóvenes y con menos experiencia, están también impecables, especialmente la que hace la hermana menor, Ness, el disparador de la tragedia en la actualidad). Quizás lo mejor de la adaptación sea cómo se sobrevive a una tragedia familiar, más allá del elemento fantástico: la mayor parte de las películas de terror termina o con el triunfo del terror o con algunos pocos que escapan y sobreviven. Esta adaptación hace algo interesante: muestra cómo se adapta la gente que sobrevivió al terror a esa memoria. Algunos no pueden, otros lo niegan, otros intentan ese mito norteamericano tan de moda que es el Superalo, que suena muy fácil decir pero que en realidad olvida que la memoria es un arma de doble filo. Los fantasmas, la culpa y el miedo, se dice en un momento magistral en Silent Hill, nos atan por más paredes que construyamos, por más guantes que usemos al momento de tocar a los muertos y a los vivos.
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