lunes, 29 de octubre de 2018

Un aire de familia. 21 parte

Cuando Samuel salió al aire y a la luz de París, incluso bajo la lluvia, se sintió perdido. Pero no tan perdido cómo lo había estado en los meses anteriores. Algo en las palabras de Hertz había despertado algo que él creía perdido: un cierto ánimo combativo, que por cierto nunca había tenido. "Si soy capaz" pensó "de golpear a un nazi o ex nazi, soy capaz de volver con Hannah y con Judith. Y quizás defenderlas". Se tomó un café en uno bar mientras barruntaba, con un coraje para si mismo desconocido, las posibilidades de unirse a Hoffmann, de pasar de ajedrecista a judío que luchaba contra el nazismo, de inclusive empuñar un arma en el peor (o mejor, no sabía aún) de los casos.
Lo sacaron de esas ensoñaciones revolucionarias los gritos de unos hombres. Distribuían panfletos entre las mesas del café. Loa panfletos decían claramente: Muerte a los judíos comunistas. Muerte al sionismo. Muerte a los extranjeros infiltrados en Francia. Samuel tomó uno de los panfletos que se había caído al piso. Estaba muy mal escrito, pero decía claramente que los judíos sionistas, los comunistas y los extranjeros estaban socavando la hermosa Francia, patria entre las patrias, país de Napoleón y de Descartes, y lo estaban llevando a la ruina. Hagamos como Alemania o como España, decía al final, donde hombres valientes están volviendo a plantar las banderas que quieren cambiar estos monstruos humanos. Después de leerlo, casi sonrió: ese panfleto antijudío casi lo había convencido a él.
Si me quedo aquí, en eso tiene razón Hertz, seré solo un mártir, pensó. Y ni siquiera un mártir famoso.
Esa noche no jugó al ajedrez. En el café que más frecuentaba cenó una boullabaise, bastante mal hecha (le hacía recordar al guefilte fish de una de sus cuñadas, que vivía en un pueblo costero). Mientras tomaba un café, que apenas olía a café y era probablemente solo agua, un muchacho se le acercó. Tenía un sombrero ladeado, una flor en la solapa y los ojoz azules. Era absurdamente joven.
- ¿Usted es Samuel, verdad?- le preguntó en un francés impecable.
- Si- respondió Samuel.
- Mucho gusto, mi nombre es Eduardo Larramburu. Soy argentino. De Argentina. Me gustaría jugar ajedrez con usted.
- Esta noche no. No estoy de humor.
- Oh, entiendo- respondió el muchacho.- Pasa que me aburro mucho aquí.
- ¿Le resulta aburrido Paris?
- Oh, si- dijo Eduardo- Quiero volver a Argentina, donde están padre y madre y mis amigos. Mis padres me enviaron aquí para que absorbiera la cultura europea. Pero inevitablemente me aburro. Mi sueño es ser escritor, en realidad. Padre quiere que me dedique a la política. madre insiste con la medicina. Algunos de mis amigos son escritores y, aunque usted no lo crea, son buena gente.
Esa frase hizo reir a Samuel por primera vez en meses. El muchacho lo miró algo espantado.
.- No te asustes, me río porque uno de mis mejores amigos era o es poeta. Y también es un buen hombre.
- Entonces usted me entiende.
- Yo nunca he querido ser escritor- dijo Samuel- Y no entiendo del todo a los poetas.
- Oh, yo tampoco. He ido varias veces a la casa de los Ocampo, donde van muchos poetas y escritores. Son gente rara. Pero quiero escribir y si no, jugar al ajedrez, como usted. Vuelvo a Buenos Aires en un par de semanas.
- ¿A Buenos Aires? ¿Vives ahí?
- Claro- dijo Eduardo.- Es una ciudad hermosa. Mucho más linda que París.

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