- Empezamos a militar en el nacionalsocialismo. Hitler, oh, lo he visto dos o tres veces. Eso responde a tu pregunta acerca de si soy nazi o no. Sí, soy nazi. O lo era. Lo eramos los dos. El partido nacionalsocialista nos parecía lo más cercano al verdadero comunismo, al principio. La raza aria, la Alemania grande, acabar con el capitalismo judío del mundo. Son grandes frases y ¿cómo no sentirnos aludidos? Ya no estaba Stalin para darnos órdenes ni teníamos que depender de un judío ruso como Trotsky. Nos sonaba maravilloso. Katherine intentó advertirnos; nos dijo una tarde, a la salida de la fábrica, miren que son gente muy extraña. Y yo sé lo que hay entre ustedes, pero ellos no lo saben ¿algunos de sus amigos nacionalsocialistas saben que son amantes y no amigos? Eres una morfinómana, le dije, recuerdo. Ella nos miró casi sin reproche. Tres días después me arrepentí y le pedí disculpas, y ella siguió yendo a nuestro departamento. Pobre Katherine. Le debo a ella estar vivo.
Herzt Guntt abrió una segunda botella de cognac.
- Fueron años buenos. Heiderberrg empezó a ser un camisa parda. Tu sabes o quizás no, las SA, que luchaban contra los comunistas. Desarrolló talento en esas artes, si son artes. A veces entraba a nuestra habitación con la camisa llena de sangre y una sonrisa de satisfacción en la cara. En cuanto a lo nuestro, Katherine en cierto sentido se equivocaba. Creo que muchos sospechaban de nuestra amistad, pero que no les importaba y si les importaba, no se atrevían a decírnoslo. No lo sé. En todo caso, en un momento ganamos las elecciones. Yo festejé, Heiderberrg también, recuerdo haberlo besado en nuestro cuarto mientras el contaba que Rohm los había arengado a que ahora la lucha contra el comunismo y el capital judío debía ser más dura aún. Éramos soldados de Hitler, o mejor aún sus ángeles. Y después de eso... Las cosas empezaron a ponerse turbias. Yo lo percibía, Heiderberrg no. El era inocente cómo un niño. Algunos nazis empezaron a hacer chistes a nuestras espaldas, pero llegaban a nuestros oídos. La pareja nacionalsocialista, decían. Rohm empezó a perder poder, se peleaba cada vez más con Hitler, que era casi un niño viejo y maníaco y rodeado de aduladores. Mala combinación.
Ya estaba amaneciendo, advirtió Samuel. La historia había sido larga, y aún no terminaba.
- Recuerdo que hacía mucho frío esa noche. Recuerdo que Heiderberrg se había ido a un mitín. Recuerdo que de pronto golpearon la puerta y la encontré a Katherine. Estaba más delgada que de costumbre y temblaba. Me abrazó. Pensé que le había pasado algo. Pero nada le había pasado. Se había inyectado demasiada morfina, se había acostado con un hombre que no conocía (cuando se inyectaba morfina Katherine hacía esas cosas) y había resultado que ese hombre era por casualidad un alto jerarca nazi. Como infidencia, para jactarse ante una chica bonita, le contó que esa misma noche Hitler mandaría a mantar a Rohm y a todos los camisas pardas que encontrara, a la maldita SA que estaba traicionando al Furher y también a unos cuantos más, porque había unos cuantos camisas pardas que además de ser traidores eran homosexuales y vivían con otros nazis como mujeres y esa era otra traición a la raza aria, como por ejemplo, y allí había mencionado mi nombre. Cuando el hombre salió de su cuarto Katherine se abrigó y a pesar de que la morfina la había doblegado prácticamente, atravesó la ciudad helada para avisarme, para decirme que nos matarían. Esperaba encontrarnos a los dos. Me encontró a mí solo. Heiderberrg fué asesinado a machetazos esa noche y lo colgaron con dos carteles, uno que decía homosexual y otro que decía traidor. Uno era cierto. Yo pude huir.
Samuel tenía un poco de ganas de vomitar. Le dolía la cabeza.
- Así que ya ves, Samuel- dijo Herzt- Así que ya ves. Si yo le hubiera hecho caso a Katherine, si no nos hubieran enceguecido con sus discursos, quizás él y yo estaríamos juntos, en París, o en Norteamérica, o quizás no, pero al menos. Y quizás Katherine misma... En vez de eso ella es una morfinomana que irá a Rusia a buscar su propia muerte, y yo soy un homosexual alcohólico y drogadicto que busca su propia muerte y tu eres un judío perdido en Paris. Podría echarle la culpa a Hitler, pero ¿de que serviría? ¿Puedes correr las cortinas? Quiero dormir un rato.
Samuel hizo lo que Herzt le pidió. Era una cortina pesada, de brocato, pero olía mal, a orina y a algo peor. Se encontró, de pronto, sintiendo compasión por un nazi rubio, pura raza aria, al que debería odiar o matar. Estamos muriendo aquí en París, pensó, y absolutamente nadie se da cuenta. Al poco rato, también se durmió.
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