sábado, 13 de octubre de 2018

Un aire de familia 18 parte

Se llamaba Herzt Guntt y su padre había sido socialdemocrata y había sido asesinado en 1918. Apenas creció y se enteró de la historia, empezó a militar en el comunismo. Tenía una rabia ciega contra el mundo, recordó, entre tragos de cognac y era un hombre feliz. Todos eran camaradas, pero pronto empezaron los problemas. La revolución rusa era cada vez más una contradicción en sí misma, Trotsky estaba fugado o encarcelado (Trotsky, el legendario, el de el ejército rojo) y Stalin ahora enviaba órdenes que eran casi de locura. Algunos la seguían, pero muchos, cómo él, desertaron. Su madre y su tía murieron de tuberculosis, casi sin atención médica. El consiguió un empleo de  administrativo en una fábrica de automóviles. Su rabia siguió creyendo y el la alimentaba ferozmente.
Entonces conoció a Heiderrberg.
Allí Hertz hizo una pausa.
Soy homosexual, sabes, le dijo a Samuel. Cómo tu eres judío, yo soy homosexual. Me gustan los hombres desde pequeño. Y no era virgen cuando lo conocí a Heiderrberg, pero él fué el primer hombre del qué me enamoré. Era cómo yo, o casi como yo, creo que tenía dos vagas tías en Berlín como toda familia. Vivió con ellas hasta los diecinueve, pero cuando una de ellas lo encontró con un músico vienés en la cama, lo echó a la calle. Bueno, te estaba contando, Heirderrberg y yo nos volvimos amantes. Creo que todos lo sabían en la fábrica. Inclusive vivíamos en el mismo departamento, aunque la portera fruncía el ceño cada vez que nos veía. Para disimular, a veces traíamos a una amiga nuestra de la fábrica, Katherine Hillbrand y la hacíamos pasar por prostituta. Ella no era prostituta, sino adicta a la morfina, cada uno tiene sus problemas, y le dábamos dinero para sus cosas.
- ¿Katherine?- preguntó Samuel.
- Sí- dijo Herzt Guntt.
- Fue mi amante.
- Oh- dijo el otro.
Hizó un silencio.
-¿Cómo estaba?- le preguntó-¿Seguía consumiendo morfina?
- Demasiada- dijo Samuel. - Quería irse a Rusia.
Herzt Guntt sonrió con tristeza.
- Ella también... Tenía la remota esperanza de que hubiera olvidado esa tontería de las drogas y de la bohemia y se hubiera casado con un buen hombre, pero es difícil olvidar. Si olvidar fuera tan fácil, yo ya lo hubiera hecho y te hubiera vencido en todas mis partidas. A propósito ¿te molestaría traerme la cuchara, el calentador y la cocaína? Las dos primeras cosas están sobre la mesa y la tercera en el cajón, debajo. También allí está la jeringa.
Aunque Samuel había visto decenas de veces inyectarse a Katherine delante de él, le impresionó verlo a Hertz. Cuando Katherine lo hacía, lo hacía casi con negligencia, cómo cumpliendo una orden; Hertz lo hacía con verdadero esfuerzo, y algo de dolor. Las venas del brazo estaban casi inservibles, le comentó a Samuel mientras lo hacía, dentro de poco tendría que pasar a las de las piernas.
- Katherine fue mi amante- le dijo de pronto, porque le pareció que después de oir las confesiones de Hertz Guntt, algo tenía que decir- pero estoy casado. Mi mujer, Hannah, y Judith, mi hija, están ahora en el ghetto y mi amigo Hoffmann, que es comunista, como tú, me dice que no vuelva. 
Tomó un trago de cognac.
- Le fuí infiel a Hannah. A ella mucho no le importó, ella en realidad no me ama, fué un matrimonio arreglado, pero ahora...
- ¿Quieres cocaína?- le preguntó Herzt- Si quieres puedes aspirarla, es de buena calidad.
- Me alcanza con el cognac. Te digo, ahora por lo que oigo aquí en París parece que todos moriran o empezará la guerra o habrá armisticios o no sé que demonios ocurrirá, y toda mi familia (no solo mi mujer y mi hija, también mis padres, mis suegros, mis cuñadas) están del lado incorrecto.
- Te entiendo. Yo también algunos días odié a Heiderbergg, y a Katherine. Ahora... ¿puedo seguir con mi historia?
- Claro- dijo Samuel.

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