viernes, 30 de mayo de 2014
La muerte de un rey. 31º parte
Leonore. San Francisco. 2016.
y digo que es culpa de ella de la noche el universo/
cual son culpables los versos de que haya noches y estrellas.
Silvio Rodriguez.
Le dolía la cabeza. Demasiado. Tomó dos calmantes y luego se levantó. Gaspar estaba en la habitación de al lado.
¿Tu mujer aún no ha contestado? le preguntó ella.
No creo que lo haga, fue la respuesta.
Se conocían desde jóvenes, aunque la carrera de Gaspar había sido tanto más exitosa que la de Leonore. Podían ambos encerrarse en una habitación, con solo un termo de café y un libro de física cuántica durante días. Raschid a veces se les sumaba.
¿Qué es lo que ha dicho Tiffanny?
Que debemos ayudarla.
El plan de Tiffanny era bueno, pero tenía varias fallas, pensaba Leonore. La más grande de todas era que apenas se supiera del robo al banco (considerando que este fuera exitoso) se caería en el riesgo de que apresaran a cualquiera de ellos y alguien hablara. Lo cual desbarataría todo, aunque era tan poco verosímil la historia completa que la policía nunca la creería. Aún así, la única manera que tenían de progresar en el plan original era en el más absoluto secreto.
Se lo había dicho a Tiffanny y esta se había acariciado la nuca rubia y había sonreído. Si tienes un plan mejor, le dijo, acepto propuestas.
No podemos volvernos delincuentes, Tiffanny. Yo soy matemática.
Entiendo, dijo ella. Yo no lo soy. Pero quiero a Oregon como si fuera mi propio hijo. Es la única manera que se me ocurrió para ayudarle. Según Sarar, si no conseguimos dinero de aquí a tres meses todo esto - y señaló el laboratorio- será desmantelado. Y sabes tan bien como yo que no es una causa por la que se pueda haber un concierto de beneficencia.
En eso, Leonore le dió la razón. Además, estaba entusiasmada como una niña con el nuevo planeta. Había intercambiado mails con Henry, donde ambos especulaban sobre que tipo de vida habría allí. Había agua, dijo Henry, eso era seguro y oxígeno en la proporción necesaria. Si había agua, había vida. Quizás existiesen nuevos animales, nuevas plantas. De todas maneras ellos llevarían semillas en germinación y embriones, invernaderos, probetas. Llevarían máquinas. Si no había tierra firme, construirían barcos. Incluso le había enviado las coordenadas para que pudiera observar, cuando la noche era límpida, la estrella en torno a la cual el planeta giraba.
¿Le has puesto nombre? le preguntó Leonore.
Al planeta no. A la estrella sí. Le he puesto Virginia, por Virginia Woolf, le respondió Henry.
Aunque tengamos que sacrificar nuestro buen nombre en este planeta, le dijo Leonore a Gaspar, debemos intentarlo.
Ya había anochecido y ella abrió la ventana del cuarto.
¿A donde queda Virginia? le preguntó Gaspar.
¿Ves Marte? le dijo ella. Ese punto algo rojizo, pero apenas. Siguiendo ese camino.
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