Era el año en que hombres y mujeres en todas partes / dejaron de morir por causas naturales.
Edwin Rolfe
Rilench. Recámaras del Rey.
Piden de entrar, dijo Arguil.
Eliza pide entrar.
Dejala entrar, dijo Lisbeth. Quiero verla. Quiero ver como está.
Entonces entro Eliza, junto con Argan y dos hombres más. Rodeando a Eliza, iban dos gusanos grandes y rastreros. Los hijos de Sarar; todos se apartaron para no contaminarse con sus venenos. El rey esperaba en su trono. Rilench y la primera heredera estaban junto a él. Un poco más lejos, estaban Arguil, Lisbeth y Juith. Los esclavos guardianes tocaron la empuñadura de oro de sus armas; si cualquiera de los visitantes se arriesgaba a acercarse a cualquiera de los amos, debían degollarlo. A Eliza, solo maniatarla y enviarla a los calabozos. Rilench había instruído a uno de ellos para que la encerrase, de ser necesario, lejos de Jorginho y de Omar y de el resto. Por lo menos por un tiempo.
La primera en hablar fue Lisbeth.
Hola, Eliza, le dijo.
Cómo está mi madre.
Hola, Lisbeth. Tu madre aún te espera, fue la respuesta.
Lisbeth se acercó a ella. Le tocó el hombro, le susurró al oído: no comas ni bebas nada de lo que te ofrezcan, no creas nada de lo que te digan. Como en esos cuentos de la Mil y una Noche que te contaba ¿recuerdas? Cuando yo era solo una joven y tú eras solo una niña. Y Arguil ya sabe que Rodrick y Pauline son los custodios de la máquina.
¿Cómo lo saben?
Yo se los he dicho.
Rilench escuchó toda la conversación y vió el rostro sorprendido de Eliza, la desilusión. No dijo nada, pero era evidente que no esperaba esa traición. ¿Quiénes serían Pauline y Rodrick? En las leyendas locales, e incluso entre los esclavos, se los invocaba como si fueran espíritus o criaturas monstruosas, que nos se quedaban mucho tiempo en ningún lugar y que encantaban a los incautos con músicas extrañas.
Entonces habló el rey.
Has venido a verme, ojos de Sarar.
Sí, dijo ella. Pero mi nombre es Eliza y no tengo el permiso de Sarar para verte.
¿Por qué has venido?
He venido a negociar, dijo Eliza.
Soy el rey, dijo el rey. Tengo más de quinientos esclavos que me sirven aquí en palacio, pero desde el Delta de Syam hasta las Montañas Verdes hay pueblos que me pagan tributo en hombres y en cosechas. He vencido una vez a los Mil en batalla, como lo hizo mi abuelo. He vencido a los esclavos rebeldes comandados por Dion el maldito cinco veces. Los ritos del invierno me han purificado. No se negocia con un rey.
Hace bien, se dijo el consejero. Lo mejor era alejar a los ojos de Sarar lo antes posible de allí. Pero debía tener cuidado.
O deberé descuartizarte, siguió el rey. Maldita sea, se dijo Rilench. Deja de hablar. Deja de ser tan transparente. Pero el rey estaba furioso y sacudió la mano derecha dos veces. Era un gesto que tenía desde la infancia, pero el jefe de los guardianes esclavos lo interpretó mal y se acercó dos pasos a la última general. Uno de los gusanos que la custodiaba giro sobre si mismo, como si no fuera un insecto sino una cinta de seda, y se pegó a la cara del jefe.
No, gritó Lisbeth.
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