viernes, 9 de mayo de 2014

La muerte de un rey. 27º parte

                                                                           Si trasponiendo las puertas de los altos muros, te comieras crudo a Príamo, a sus hijos y a los demás troyanos, quizá tu cólera se apaciguara.                                   
                                                        Homero, la Ilíada

                                                                   Eliza. Calabozos del rey.

Que ha pasado, preguntó Eliza.
Nadie respondió. Alguien cantaba bajo, muy bajo. Ella sangraba un poco, por la espalda. Ya pasará, se dijo. Aguas de marzo, pensó. Son las aguas de marzo. Malditos ojos de Sarar, oyó. Cállate, cállate. Había una segunda voz. A esa voz la reconocía mejor: flies, blackbird, flies. 
Que ha pasado, Omar.
Jorginho, vete para un costado. Estás muy herida, Eliza. Si no fueras uno de nosotros, ya estarías muerta. Te han sacado parte del intestino para afuera. Y te han enviado con nosotros, así que es probable que dentro de poco te torturen.
Que ha pasado.
Han muerto. Todos los que venían contigo. Les costó un poco matar a los hijos de Sarar, veinticinco guardianes del rey. 
¿Argan también?
¿Quién es Argan?
Mi lugarteniente. El de piel más oscura. 
Murieron todos, Eliza. Es lo único que sabemos con certeza.
Sarar tenía razón, dijo Eliza. No tendría que haber venido nunca aquí. ¿Qué pasó con Lisbeth?
No sé, dijo Omar. ¿Te duele mucho?
No.
Ahora te dolerá, dijo Omar, y Eliza sintió un dolor insoportable en el costado izquierdo y gritó y luego sintió algo punzante que entraba y salía de su piel y luego un líquido quemante que se derramaba.
Ya está, dijo Omar. Te cosí lo mejor que pude. Intenta dormir.
Eliza no dormía. Siguió gritando durante un buen rato, mientras oía la voz de Jorghino (era él, ahora lo entendía) cantando la canción con la cual la habían entretenido junto con Enrique en las largas horas en las que la enchufaban a la máquina. Era tan pequeña entonces, y el hombre bajo y el hombrecito oscuro eran sus mejores amigos. Ahora Jorginho la odiaba. 
Será mejor que no llores, dijo Omar. A Jorghino le han quebrado cada hueso de la mano y de los pies cinco veces, desde que está aquí. Le han arrancado parte del cuero cabelludo. Lo han dejado sin agua en la torre más alta durante cinco meses completos. Lo tuyo, comparado con eso, no es nada.
Aguas de marzo, cantó Jorginho, llegando el verano.
¿Es cierto que hay mar en este planeta, Eliza? preguntó de pronto.

                                  

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