Facundo estaba en el sótano, desarmando las piezas de algo mecánico. Cuando lo vió, resopló sin entusiasmo.
- Hola, Adrián. ¿Podés ir con Martín al supermercado del shopping a comprar algo para comer? Se descompuso la caldera.
- Si, voy. Pero tendrías que llamar a un técnico. Si querés, lo llamo yo.
Hubo un relámpago de odio en los ojos calmos de su amigo. Aunque se tranquilizó enseguida.
- No hace falta, no hace falta. Y prefiero que nadie entre en esta casa.
"Antes no era así" pensó Adrián. Quizás fuera la mala de influencia de Ismael y de Martín; quizás de estar con esos dos extraños huraños y desconfiados Facundo también se había vuelto huraño y desconfiado, como en un lento proceso de ósmosis. "¿Por qué me invitó, entonces?" pensó. "Danáe tiene razón, quizás deba irme de aquí mientras aún esté a tiempo." Pero era ridículo. ¿A que venía tanto miedo? La casa del abuelo seguía siendo la casa del abuelo, Facundo seguía siendo su amigo, dentro de unos días volvería a su departamento y todo volvería a ser igual: Charlotte, el hipódromo, las tardes en el café cercano a la Bolsa de Comercio.
Salieron con Martín. A pesar de que no le caía bien (quizás eran los ojos algo oblicuos, quizás la nariz demasiado ancha) intentó una especie de charla.
- Así que salís con Perséfone- le dijo.
Martín lo miró de arriba a abajo.
- ¿Quién te lo dijo?
- Danáe, esta mañana.
Martín se quedó callado.
- ¿Qué te contó Facundo?- le preguntó de repente.
- Nada, solamente me invitó a pasar unos días acá y acá los encontré a ustedes.
- Mirá, pibe, Facundo es raro. Y no solamente por lo de mi hermano. Mi hermano siempre fue así, desde chiquito, no tiene forma de remediarlo, pero en el ring tiene un cross formidable y mucha astucia. Yo siempre lo protegí. Y entendí lo de los dos y por eso volvimos acá, a la Argentina, aunque en Europa no nos fuera tan mal a pesar de la opinión de los diarios. Yo no sé cuanto hace que lo conocés a Facundo, pero ya en Francia a mí me parecía que era de los que no muestran todo el juego. Cuando volvimos acá, Ismael y yo vivimos en una pensión por tres meses. Es cierto, una buena pensión, y la pagaba Facundo, pero una pensión. Y de repente nos invita a venir acá y hay dos mujeres hermosas, que parecen salidas de la nada, que leen libros extraños y que no salen nunca de la casa. Y extrañamente las dos mujeres (que además tienen nombres rarísimos) están dispuestas a acostarse conmigo. Aunque son supuestamente hermanas. No se pelean por la ropa, no tienen celos entre ambas, no se recriminan cosas. Yo he estado con un montón de minas, sabés, no soy como Ismael, y eso no es normal. No son putas; al principio con mi hermano calibramos esa posibilidad, pero incluso las putas son mujeres, y tienen una historia, un pasado. Y ahora te invita a vos, y todavía estoy tratando de entender para qué te quiere.
- ¿Querés decir que Facundo no las deja salir a Danáe y a Perséfone? ¿Que las tiene encerradas?
- No las tiene encerradas. No es eso; Danáe y Perséfone no tienen interés en el mundo exterior. Parece que nunca lo hubieran conocido.
- Eso es imposible- dijo Adrián- Además, según Facundo son parientes lejanas.
- Esas mujeres- contestó Martín- no son parientes de nadie. Salvo de Facundo. Tal vez.
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