Hoffmann había adelgazado demasiado, según la opinión de Hannah y Samuel, que generalmente no se fijaba en esas cosas, tuvo que admitir que era cierto. A su amigo se le notaban las venas verdes a través de la piel y la nariz tenía una filo que no existía cuando lo habían conocido. Mientras liaba sus cigarrillos de tabaco negro, las manos le temblaban. Una tarde, después de haber perdido tres partidas de ajedrez contra él, se atrevió a preguntarle.
- ¿Tuberculosis?
- Tuberculosis- respondió Hoffmann.
Ambos se quedaron callados. Luego Hoffmann habló.
- Los médicos me recomiendan Grecia. Allí no hay humedad y hay sol, casi siempre. Aún no sé que hacer; como sabes, no tengo dinero, pero además, allí no conozco a nadie. Ni siquiera conozco el idioma.
- Yo podría prestarte algo de dinero- dijo Samuel.
- No te lo devolvería nunca. Lo único que me impulsaría a ir es el clima enrarecido de aquí; pero Laurak me ha prometido que conseguirá un brasero y tres abrigos viejos. A propósito, a tí que te interesa la pintura, Laurak conoce a Tendrone, pintor que estuvo con los futuristas durante cinco años enteros. Se fué por diferencias con Marinetti; ahora está en un pequeño grupo cercano a Gropius. Si quieres te lo presento. Puedes hacer un reportaje sobre él. Para el periódico.
- ¿Cómo son sus cuadros?
- Extraños- fue la respuesta de Hoffmann.
El sábado siguiente fueron al estudio de Tendrone. Tenía aspecto de viejo, pero no lo era tanto; el cuerpo estaba encorvado y la cara muy arrugada, pero tendría solo treinta o treinta y cinco años. Laurak y Katherine también estaban allí y había un muchacho muy joven y muy rubio, a quién Laurak identificó con el impreciso nombre de Rauder.
- ¿De que trabaja?- le preguntó Samuel a Hoffmann, observando sus manos delicadas y cubiertas de anillos.
- Es poeta, como yo- fue la respuesta de Hoffmann- Su madre era amiga de mi madre; volví a encontrarlo hace un año atrás. No corrió mi misma suerte; sus padres siguen siendo aristócratas respetables del mundo austríaco. Pero el viajó a París; ya sabes que pasa con los jóvenes que viajan a Paris.
- Nunca he ido a Paris- fue la respuesta de Samuel.
- Pero puedes imaginártelo. El heredero de una de las fortunas más viejas de Europa volvió convertido en un lánguido poeta; una tragedia, quizás, pero a sus padres no les importa demasiado. Incluso le han pagado la edición de tres libros.
- ¿Y qué tal son sus poemas?
- No muy buenos. No mejores que los míos, en todo caso, y yo no los publico. Pero debajo de sus modales desencantados, ama la poesía. Rimbaud, Baudelaire y Verlaine. El trío mortal. Escribe en alemán; no es muy buena idea para su estilo de poesía, suena como si mi cocinera hubiera querido dictarle una receta de cocina recitada a su ayudante. Cada idioma tiene su secreto, su matriz; la del alemán son las consonantes duras y las tragedias metafísicas. Pero quizás tenga éxito.
Tendrone les mostró sus cuadros. Por ahora eran tres; colores azules, sobre colores azules (pero diferentes tonalidades de azules, que se quebraban y se mezclaban como en la noche). "Marinetti" dijo cuando Samuel le preguntó acerca de él "es un borracho y un loco. Como Modigliani y como Picasso". Cuando el cognac y los cigarrillos se terminaron, Katherine y Laurak se fueron. Samuel se acercó a Rauder.
- ¿Sabes jugar ajedrez?- le preguntó.
- Lo básico- respondió él.
Empezaron a jugar una partida.
- ¿Has oído hablar de Capablanca?- le preguntó Rauder- Es de un país americano, dicen que es un genio y mueve las piezas como tú. Dicen que puede jugar contra veinte personas al mismo tiempo.
- No, nunca he oído hablar de él.
- Deberías verlo- dijo Rauder. Aunque faltaban veinte movidas al menos para que pudiera ganarle, el joven poeta volteó a su rey, se puso un sobretodo negro y se marchó.
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