Tres meses atrás, habían decidido internarse en esos pantanales. Un indio les había dicho que allí estaba la fuente de la juventud; pero solo había caimanes y sauces y mosquitos. Diez ya habían muerto y los cinco que sobrevivían eran fantasmas esqueléticos de lo que habían sido, alimentándose de alimañas de las cuales ni siquiera conocían el nombre y con la piel hinchada de ronchas.
- Lleveme el culo del diablo- dijo Gastón.- Para esto me quedaba en España y me hacía cura.
- ¿Te queda algo de comer en el morral?- le dijo Dardés. Estaba amarillo.
- Sabes que no. Lo último decente que comí fue aquella manzana disecada que le arrebaté al Paulón mientras agonizaba. Ni que estuviera tan buena; tenía un gusto a moho terrible.
- ¿Le rezaste el salve, como te dijo Urrugán?
- Que le lleve el infierno, a los dos, Urrugán y Paulón. En aquel poblado perdido estábamos bien, fornicábamos y comíamos y había sol. Paulón tuvo que traer a ese indio sodomizado y Urrugán tuvo que creerle. Mira donde estamos por seguirlos. Tendríamos que haberlos degollado a ambos.
- Deberíamos haber sospechado cuando el guía desapareció al cuarto día. Es por acá, por esta sendita, recuerda que nos decía. Esos cobrizos. Son callados pero sigilosos.
- Podríamos haber vuelto. Fue Urrugán el que insistió. Es la fuente de Juvencia, el manantial dorado que nos hará poderosos y ricos como Cortés.
- Idiota.
Urrugán se dió vuelta. Había escuchado toda la conversación, pero el lodo le llegaba hasta arriba de la rodilla y había que tener cuidado para no pisar un pozo mortal. Además, le dolía la mano derecha. Tres días antes un insecto verde le había picado la palma. Tenía un olor fuerte, a leche podrida.
- Repitan eso, so mamertos.
Gastón se acercó a Urrugán.
- Que eres un idiota y un crédulo. ¿Pensaste que los cobrizos nos querían ayudar? Querían deshacerse de nosotros, y te envolvieron con ese cuento de la fuente de Juvencia. - Escupió a un costado- Para eso es para lo que sirven los libros y las leyendas.
Urrugán le pegó dos veces en el pómulo derecho tan fuerte que el hueso hizo un pequeño crac. Gastón dió un alarido muy agudo, como el de un ratón, y luego se lanzó sobre el otro con fuerza. Era pequeño, pero compacto y tenía uñas largas. Le arrancó pedazos de cuero cabelludo a su contrincante antes de que este lo empujara abajo del lodo y empezara a patearlo con saña, mientras sostenía su cabeza.
- Traga barro, traga barro, raterito de moribundos, impío.
Dardés sacó su cuchillo y se lo clavó entre las costillas a Urrugán. Pero este no dejó que lo detuviera; lo empujó con el hombro, con una fuerza increíble para un hombre tan bajo y en tan mal estado de salud. La cabeza de Dardés chocó contra un sauce y por un instante no sintió nada, salvo el eco del golpe. Cuando volvió a abrir los ojos, Urrugán seguía blasfemando contra Gastón, que ya no se sacudía y el cuchillo seguía en su cuerpo. Salía sangre: mucha.
Urrugán le pegó una última patada a su muerto y sólo entonces pareció darse cuenta de la herida. Con delicadeza se sacó el cuchillo. Ahora la sangre salió en burbujas y oscura, como de una fuente. Dardés advirtió que los otros dos hombres que los habían acompañado hasta allí, los sobrevivientes de la expedición, habían desaparecido. Lo poco del sol que aparecía entre los árboles empezaba a desaparecer.
- Toma tu cuchillo- le dijo Urrugán- Reza un credo por mí antes de alejarte.
- Gracias- dijo Dardés, limpiando su cuchillo.- Pero ya la noche comienza y no tengo adonde ir.
- Súbete a este árbol hasta que aclare.
Urrugán se quedó callado, con los ojos cerrados. Dardés pensó que estaba ya muerto. Entonces volvió a hablar.
- ¿Sabes? pensé que realmente existía la fuente de Juvencia. La imaginé. Desde niño.
Entonces sí se calló. Hubo un borbotón en el lodo y luego todo fue calma. Dardés se ayudó con su cuchillo para subir al árbol y se ató con la soga de yute a la rama más gruesa, para no caerse. Rezó el credo que le había prometido a Urrugán. De lejos, se escuchaba el silbido de un pájaro. Los árboles parecían no tener fin ni principio.
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