Diario de Germán.
Entonces estoy solo una tarde, cuidando a Juancito, que últimamente está más rebelde de lo habitual y se come un pote entero de dulce de leche. "Quiero otro, tío" me dice enseguida. Me parece haber oído que el dulce de leche no es bueno para los niños, pero no estoy seguro porque ese día estaba zappeando.
- No, no podés- le digo.
Ahí Juancito se larga a llorar.
- No llorés- le digo.
Llora más fuerte. Entonces opto por la indiferencia, que funcionaba perfecto con nuestro padre cuando nosotros éramos niños y me pongo a corregir unas planillas de estadística. Juancito un rato se queda callado, pero después noto que se quedó demasiado callado y entonces noto que Juancito desapareció. Mi hermano me mata, sin hablar de mi ex cuñada y de mis viejos. Lo busco por todo el departamento (¿por qué me habré comprado uno tan grande?) y finalmente lo encuentro en la alacena de abajo de la cocina. Logró abrir el tarro de mermelada de zarzamora y se lo está terminando. Está todo sucio, y cuando lo alzo me ensucia a mí, el muy guacho. Y entonces grita: "Tío malo, tío Germán malo" y se me escurre y sale corriendo y agarra las planillas de estadística (que tengo que entregar mañana) y las rompe. En pedacitos. "Tío Germán malo" dice cuando termina de romperlas.
- Pendejo la puta que te parió las planillas esas son para mañana sos un pendejo malcriado como tu viejo que es un pelotudo- grito. Me parece que me escucho todo el edificio. Juancito vuelve a llorar. Y enseguida tocan el timbre. Mi vecina.
No me llevo bien con mi vecina. No es que me caiga antipática; es que yo le caigo antipático a ella. En cada reunión de consorcio, me mira de arriba a abajo, antes de quejarse que hay gente que escucha música a altas horas de la madrugada y que así no se puede vivir. Yo no digo nada de su perro rotwailer, ni de sus dos gatos siameses que me mean las plantas del balcón ni del hijo medio neonazi. Pero que se le va a hacer.
- Estaba durmiendo la siesta- me dice.- Usted me despertó con sus gritos.
- Perdone- le digo yo.
- Usted sabe que la mayor parte de la gente de este edificio es gente de una cierta edad y que nos gusta tener un cierto respeto por los demás. Yo se lo advertí a su padre cuando le vendí este departamento. No aceptamos acá a gente de costumbres- ahí hace una pausa- relajadas.
- Entiendo, perdone la molestia.
- Y si la causa de sus gritos fueron ese niñito de cuatro años, sepa usted que mi madre nos crió a mí y a cinco hermanos más, sin contar dos que no llegaron a adultos y nunca se oyó un grito en mi casa. Si esto sigue así, tendré que denunciarlo ante el consorcio.
- Está bien, está bien- le digo yo.
- Está advertido.
- Tio Germán malo- dice Juancito.- Me pegó un montón.
- Que espanto de generación- murmura mi vecina y cierra su puerta demasiado fuerte.
Alberto no vuelve hasta dentro de tres horas. No sé que hacer, entonces le digo a Juancito:
- ¿Querés ir a casa de las tías Karen y Peco?
- Sí, sí- dice Juancito- Quiero, tío, quiero. Me aburro. Y compráme un huevito Kinder.
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