viernes, 23 de mayo de 2014

El Imperial

Todos los jueves pasaba el Imperial por el pueblo, pero no paraba nunca. El tren que venía de Buenos Aires era de los miércoles y los domingos, y a veces alguién subía. Pero el Imperial solo llevaba zafra. Una vez mató al viejo Martínez, que volvía borracho del bar y como un boludo se acostó a dormir en las vías; yo y mis amigos lo encontramos a la siesta, entre los cardales. No hubo velorio, porque el viejo no tenía familia, ni casa, sino que dormía en una casilla de lata. Mi tía abuela decía que el Imperial estaba poseído por el alma de un muerto y que hacíamos ruido a la siesta nos vendría a buscar. Nosotros no queríamos creerle.
Ese fue el verano en que empezó la fiebre. El primero fue Honorio, y después fue la madre de Honorio. El padre se había muerto de Chagas tres años atrás. La piel se les llenó de manchas rojas y adelgazaron cinco kilos en diez días; Honorio aguantó bien pero la madre no sobrevivió. Como Honorio no tenía más parientes que nosotros, se vino a vivir a casa.
Después fueron Carmen y Mabel y Andres. Las dos nenas murieron y fuimos al entierro muy pocos, según mi tía abuela más que nada para cumplir con las familias. A mí y a Honorio nos obligaron a usar crespones negros y a peinarnos y a no reírnos. Cuando se murieron el tío Julián, Trancas, la esposa del almacenero y Alberta, una de las catequistas que nos gustaba mucho porque usaba medias blancas sobre sus piernas tan flacas, dejaron de hacer velorios y llamaron a los del Ministerio. Los del Ministerio vinieron en el tren del miércoles y se fueron en el tren del domingo. Según ellos, lo que hacía falta en el pueblo era un dispensario o aunque sea un médico, pero jamás lo mandaron.
Yo fuí a uno de los últimos a los que lo atacó la fiebre; según decía mi tía abuela, mientras me ponía trapos húmedos en la cabeza, era todo cuestión de suerte. El Honorio jugaba con mis soldaditos en el patio y yo sentía el sonido de su voz como magnificado. "Decíle que se calle" le exigía a mi tía abuela y a mi madre. Creo que mi madre quería obedecerme, pero mi tía abuela me calmaba con un sonido de silencio y entonces me dormía un rato, hasta que la voz de Honorio volvía a despertarme.
Creo que mi madre y mi tía abuela se habían ido a dormir a sus cuartos. La habitación estaba a oscuras y yo podía ver la fiebre. El Honorio estaba al lado mío.
- Me dijeron que te cuidara- me dijo, con algo de rencor. - Que avisara, cualquier cosa, si te pasaba algo. Con la tarde hermosa que hace.
- Callate, Honorio- le dije.
Se quedó callado un rato, pero era imposible para él.
- ¿Vos creés lo que dice la vieja, lo de el Imperial?- me preguntó.
- Que se yo, Honorio- le contesté yo.
- Mi viejo me contaba. Decía que para que el Imperial pasara por acá hubo que emplear a mucha gente. Que el que los contrató era el abuelo del dueño de la estancia La Esperanza, Maidana. Que algunos eran viejos y otros eran jóvenes. Y que algunos eran chicos.
Yo tenía ganas de vomitar, aunque no había comido en tres días.
- Dicen que había uno, un peoncito. Era de La Esperanza. Tenía trece, catorce años. Era huérfano de padre y madre, como yo soy ahora.
- Callate, Honorio, que tengo ganas de dormir- le dije.
- Le dijeron al peoncito que tenía que guardar unas herramientas en la covacha, al lado de lo que ahora es la estación. Y que tenía que poner el candado. El peoncito se distrajo o por ahí era medio corto de entendederas. La cosa fue que se olvidó del candado y a la otra mañana, se habían robado todas las herramientas. El capataz se enfureció y le contó al patrón, el dueño de La Esperanza. ¿Vos sabés que dijo?
- Honorio, llamá a mi mamá- le contesté yo. Cada vez me sentía más descompuesto.
- Dijo que lo ataran a la rueda más grande del sulky y lo hicieran girar por toda la estancia. El peoncito gritó cuando lo ataron y gritó un rato más y después no gritó más, porque cuando lo desataron ya estaba muerto. Lo tiraron a la fosa común del cementerio y no se habló más de eso. Un año después, el Imperial pasó por el pueblo. Al otro día, el capataz amaneció muerto. Un ataque, según dijo su hijo, pero lo raro fue que tres meses después el dueño de La Esperanza también murió sin testamentar, de una infección en la mano y un día viernes. Después de que pasara el Imperial. Y la gente se seguía muriendo, y entonces empezaron a hablar de la maldición de el Imperial.
Ahí vomité. Por suerte tenía la palangana de lata al lado de la cama. Honorio me sostuvo la cabeza y se quedó callado.
- ¿Después que pasó?- le pregunté, después de un buen rato.
- No sé- dijo él.- La gente dejó de morirse. Las viejas como tu tia abuela siguieron hablando, pero nadie lo creía.
Ahí lo miré. Creo que la fiebre me había bajado un poco, porque ya no me molestaba tanto que estuviera ahí.
- ¿Vos creés que es cierto?- me preguntó de repente.
- Que se yo, Honorio- le dije.- Deben ser cuentos de viejas.
- Yo escuché al Imperial- siguió diciendo. - El domingo, dos días antes de que mamá muriera. ¿Viste que tiene un sonido distinto, como el del agua cuando crece? Yo estaba como estabas vos, con el trapo en la frente y me dolían los oídos y escuché al Imperial y entonces cerré fuerte los ojos y me tapé los oídos.
- Y no te moriste- le dije yo.
- Acá estoy- me contestó- Voy a llamar a tu mamá para que limpie. Hoy es viernes, Fernando. Tené ojo con el Imperial.


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