martes, 6 de mayo de 2014

La vida de Agustín Tosco. 13º parte

                                                                                                           1975

El médico me dice que me estoy muriendo, que es irreversible. No se lo digo al Colo, por ahora, ni al Laucha porque yo sé que les haría mal. Hay tantos que se están muriendo que una muerte más no es nada, pienso. Dentro de poco habrá elecciones, dentro de unos años, y solo pienso en que yo no las veré, como no veré más la cara de mis hijos ni las hojas de los árboles ni escucharé más el ruido de las máquinas bien engrasadas de la fábrica. "Que le pasa, compañero Tosco" dice el viejo Guzman con un respeto que más se parece a una ironía. Pasa que estoy en la clandestinidad y si voy a tratarme, me matan y matan a los que están conmigo, tengo ganas de decirle. De noche, en el barrio en el que vivo escondido, pueden olerse la lluvia y los grillos. Abro el diario. Dice lo de siempre, y no sé que traerá el futuro.  A Adriana, por ejemplo, la imagino yéndose para siempre a Suecia o a Mexico y viviendo de pintar cuadros; al Colo, siempre tan oscuro, lo imagino plegándose y olvidándome, volviéndose tal vez un burócrata, aunque siempre con el secreto orgullo de haber sido mi amigo. Al Laucha lo imagino viejo, rodeado de bisnietos que andan en bicicletas voladoras, quejándose de la música que pasan en la radio. Imagino esas luces para olvidar esta oscuridad. Quizás nada de eso ocurra. Quizás Adriana caiga presa y la torturen y la violen y luego la tiren al río. Quizás pase lo mismo con el Laucha y con el Colo, solo por haber estado conmigo o solo por haber creído en que la revolución a veces empieza diferente que como la cuentan en los libros.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario