martes, 27 de mayo de 2014

La muerte de un rey. 30º parte.

                                                                                             Oregon. Bronx. 2016.

                                                                                   he is not selling any allibies
                                                                                                               Bob Dylan

Oregon, lo que hacemos está mal, le dijo Amparo.
Después se durmió. El no. Hacía años que no dormía, no como antes. Desde que el médico les había dado el diagnóstico de Eliza. Habían llorado los dos, y se habían resignado y e incluso las madres de Amparo y su propia madre y su propio padre se habían resignado. Y entonces llegó Sarar. Todo fué tan extraño desde entonces, que a Oregon le parecía estar flotando en un mundo desconocido.
Le preocupaba sobre todo Rodrick. Era un muchacho tímido pero feliz cuando lo había conocido, ferviente defensor de la ciencia y la tecnología, enamorado de los invertebrados que estudiaba. Ahora había cambiado y, aunque él no lo decía, el cambio tenía que ver con La Máquina. Solo Amparo y él se daban cuenta de eso; el resto, ensimismados en sus planes extraños, no veían más que un jovencito delgado y esmirriado, de ojos azules y de piel pálida. Incluso la mayoría de lo otros pensaban que podían prescindir de él. Solo él y Sarar sabían que sin Rodrick sería imposible que el plan continuara ni un solo día.
Pauline se había casado hacía un mes. Estaba vestida de blanco en la foto y se la veía feliz y su marido era un abogado de buena leyenda en los tribunales de Boston, defendiendo a condenados a cadena perpetua pro bono. A Rodrick no pareció afectarle demasiado, porque había renunciado ya a Pauline. Pero Oregon sabía que le estaban pidiendo demasiado; no solo por lo de Pauline, sino porque Rodrick dudaba cada vez más de que La Máquina, su creación, su vida ahora, fuera algo tan bueno como habían imaginado todos en un principio.
Piensa que sin ti, Eliza y Melinda estarían muertas, le decía Ludmila.
Es cierto, aseguraba Penny.
Oregon se levantó y fue al cuarto de Eliza. Estaba durmiendo. Respiraba bien, tranquila. Esa era la felicidad que había anhelado durante tantos meses, y le parecía injusto que ahora le costara tanto.
No entienden, le había dicho Rodrick. Ninguno de ellos. No espero que entiendas tú tampoco y sé que lo que digo te parecerá el colmo del egoísmo, y quizás tengas razón. Pero tendrías que alimentar a Pauline todos los días, extraer el veneno de sus glándulas y entonces quizás. No hay manera de explicarlo. Lo que parecía al principio un acto generoso se está transformando en otra cosa; hay paredes invisibles en mi laboratorio y algo me dice que nos arrepentiremos de lo que hacemos ahora. Debería haber aceptado el rechazo del jefe de la revista científica, haber tenido más paciencia.
No lo hiciste por la ciencia, le contestó Oregon.
No, pero en parte sí. Es como cuando rompes una copa de vidrio llena de agua; nunca puedes decir que no ocurrirá nada. Algo puede ocurrir. Puedes cortarte el dedo al juntar los pedazos, el dueño de la casa puede enojarse contigo y echarte, tu madre puede juntar los pedazos en una pala, tus amigos pueden burlarse de tí. Cometí el peor error que podía cometer; me enamoré de una hipótesis científica y supuse que con ella salvaría la vida de muchos.
Has salvado la de dos personas, hasta ahora.
Si, es cierto. Pero ¿no lo ves? Ahora debemos partir todos nosotros de la Tierra, a otro planeta desconocido y deshabitado. Yo deberé guardar sus sueños mientras ustedes duermen y no podré descuidarme un solo momento, porque pueden morir si yo lo hago. Y cuando lleguemos al nuevo planeta... Oregon, entiéndeme, mis padres, mis amigos. Incluso la antipática mujer de la cafetería que me solía servir las patatas grasientas. E incluso si no tuviera que abandonarlos e incluso si Henry tiene razón y el nuevo planeta es hermoso, ¿qué haremos allí? Tu irás con Amparo y con Eliza, pero incluso así.
A esas horas de la noche (eran casi las tres de la mañana) Oregon tuvo ganas de llamar a Rodrick. Y decirle que quizás tenía razón, que huyera lejos, que abandonara el proyecto de La Máquina. Pero no se atrevió. Amparo, Sarar, Ludmila, Penny, sus padres, Lisbeth, Melinda; ninguno se lo perdonaría. Y debería ver morir a Eliza.
Lo único malo de su vida era el insomnio.

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