a Phillip Roth
La buena comida se había acabado hacía rato, como también las botellas de vodka y los cigarros. Y después las balas y las armas. Y los abrigos. Y los otros no se rendían.
Entonces nos llegó el telegrama.
El jefe lo leyó.
Que dice, le pregunté yo.
Que nos han ascendido a todos. Que nuestra resistencia es heroica. Que ganaremos la guerra.
Se sacó los guantes. Siempre le había gustado ser militar.
Si sacara mi cabeza de aquí y escupiera, creo que los otros acertarían en mi ojo derecho, dijo el jefe. Hacía tres años, era otra persona. La venganza tan esperada había sido cumplida, la victoria era segura, aquello duraría mil años. Otros habían dudado; el no. Por eso había durado tanto tiempo en su puesto.
Trajeron a otro soldado. A este lo habían matado en un callejón, unos niños apenas. Como tantos que habíamos fusilado. El soldado se quejaba quedamente.
¿Queda algún médico? preguntó el jefe.
Si, le dije yo, pero no quedan alcohol ni vendas.
Hace tanto frío aquí, dijo él.
Nunca nos dijeron que haría tanto frío.
Nos han ascendido a todos. Se rió. Rompió el telegrama.
Nos rendimos, me dijo. Ve a hablar con los otros sin que te maten. Nos rendimos incondicionalmente.
Te fusilarán, le dije yo.
Probablemente. Solo ven traidores por todos lados.
¿Rendición, entonces? Después de tanto tiempo, me parecía increíble.
Ya me oíste. No me discutas. Si sigues hablando, me dijo y sonrió con su media sonrisa y yo recordé que siempre había confiado en él, si que terminaremos fusilados.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario