- Iré a París con Katherine y Tendrone- le dijo una noche Hoffmann a Samuel- ¿Quieres venir con nosotros?
- No puedo- le respondió él.- Aquí tengo mi trabajo y mi esposa.
- No creo que Hannah diga nada. Y en cuanto al editor del periódico, es un viaje de solo cinco días. No le costará nada. Incluso puedes escribir algo en el periódico.
Esa noche lo habló con Hannah.
- Oh- le dijo ella- Hoffmann está loco. París es mucho más húmedo que aquí. Terminará de morirse.
- Pero ¿y tú? ¿Y Judith?
- La niña está bien. Ya camina, ya habla. Quizás venga mi hermana Sarah a visitarme.
- ¿Entonces puedo ir?
- ¿Quién cuidará a Hoffmann, si no?
- Katherine y Tendrone también irán.
- Está bien, Samuel. Traéme algo de allí.
Samuel muchas veces se había preguntado si Hannah sabía que el estaba enamorado de Katherine. Si lo sabía (lo que no sería extraño) no parecía molestarle. A él si le molestaban algunas cosas de Katherine, e inútilmente intentaba cambiar sus hábitos, la morfina, sobre todo, aunque también la promiscuidad y la costumbre de dormir cada dos noches en una habitación distinta.
- La morfina me la compro yo- le respondía Katherine- y te recuerdo que tu estás casado.
- No por propia voluntad- era la débil respuesta de él.
- Tanto peor- decía ella.
- ¿Y si mueres?- seguía él- ¿Y si te matan? El mundo está lleno de hombres ansiosos de asesinar a mujeres hermosas.
- Entonces moriría.
- ¿No te da miedo?
Katherine río.
- Una vez posé para Tendrone. El estaba borracho y tenía un cuchillo de carnicero y un conejo sobre la mesa de su estudio. Me miró toda la tarde como si quisiera matarme. Quizás lo hubiera hecho.
- Y sigues siendo su amiga...
- Compartimos la morfina y cantamos las mismas canciones del cabaret. No te preocupes, Samuel- le dijo- mi tiempo, el tiempo de Tendrone, de Hoffmann, se está acabando. Viajemos a París, disfrutemos, dentro de poco, si todo sigue así, tendremos que huir. A nosotros no nos importa demasiado, pero tu cuídate. En realidad, a mí me preocupan más Hannah y Judith, atadas a un hogar en un mundo que los está empezando a odiar por nada.
- ¿Y adonde huirán?- preguntó Samuel, imaginando una gran despedida de barcos en un puerto.
- Yo a Rusia, probablemente.
- ¿A Rusia?
- De donde huyen los condes y los párrocos- dijo Katherine- El mejor lugar para huir.
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