Diario de Germán.
Nos alistamos Javier, Alberto y yo e incluso impido que Alberto se vacíe media botella de whisky antes de salir. Se toma solamente un vaso. No creo que eso alcance para que arruine la noche.
- No te pongas tus mejores ropas- me dice Javier- Disimulá un poco que tenés guita. ¿No tenés ninguna remera vieja?
- La única remera vieja que tengo es turquesa y no combina con nada.
- Ponetela.
Le hago caso. Alberto luce siempre muy desaliñado, así que esta vez no desentonamos tanto. Vamos en el auto de Javier, que es un Renault 2000, y lo estacionamos a tres cuadras de la biblioteca.
- ¿El plan exacto cual es?- le susurro a Javier- ¿Conferencia y después cena?
- No sé.- me dice Javier- Después de la conferencia improvisemos.
Hay una cola larga para entrar a la biblioteca.
- ¿No era que no iba a haber nadie?- me dice Alberto, enojado.- Esto es un éxito.
Yo también estoy un poco asombrado. Nunca me hubiera imaginado que Horacio González tuviera tanto poder de convocatoria.
- Bueno, viste, ahora es un filósofo popular...
- No, pero yo vine a hacer número. Ahora no hago falta. Mejor me voy.
- Alberto, ya estamos acá, dejáte de joder.
Rezonga un poco pero se queda. De repente empiezo a notar que la gente que está en la cola no parece gente de la Cámpora; es más, no parece gente comprometida políticamente. Hay cuatro chicas vestidas al estilo medieval y un chico bajito con orejas grandes y ropa marrón.
- Javier- le digo- ¿Vos estás seguro que hay una conferencia de Horacio Gonzalez?
- Si, Germán, acá tengo el programa.
Los dos chicos de adelante están discutiendo acerca de algo. Escucho las palabras caída de Númenor y Saruman. Y el gordo que está atrás mío tiene una espada colgando del cinto.
- Javier, me parece que estamos equivocados en estar acá.
- ¿Qué me querés decir?- se enoja Javier- Cerrado, como todos los del Pro. No podés escuchar a uno de los mejores exponentes del pensamiento nacional, un tipo serio y conciso, que ha militado por la liberación popular desde joven...
- Javier, no, es que me parece que en esta fila son todos fans de Tolkien.
- ¿Quién es ese?
- El de la película. "El señor de los anillos". "El hobbit".
- Nunca las ví.
- ¿Ni siquiera un sábado a la tarde?
Me mira escandalizado.
- Los sábados a la tarde también milito, che.
- Está bien, Javier. Preguntale al de adelante.
Javier toca en el hombro al chico que sigue discutiendo con su amigo acerca de Saruman.
- Disculpame ¿ustedes quieren ver a Horacio González?
- ¿A quién? No, no. Hay una exposición de libros y objetos sobre la obra del autor del Silmarillion y los del grupo de La Comunidad de Palermo Viejo vinimos todos.
- Ah, bueno, disculpe, disculpe- Javier agarra el celular y llama. "Pero como no me avisaron, son boludos". Grita. Un poquitín fuerte.
- Parece que lo de González se suspendió. Estaba engripado o algo así.
- ¿O sea?
- O sea que esto quedó en nada. Bueno, por lo menos sacamos a pasear un poco los huesos.
- Que mala pata, che.
- ¿Que pasó?- pregunta Alberto que está encandilado con una Galadriel.
- Se suspendió- le contesta Javier.
- Che, pibe, ustedes sí que están en la mala. Si no hay choripán y cerveza, no viene nadie.
Veo que Javier está a punto de pegarle a mi hermano y para evitarlo los invito a ambos a un pub que queda a la vuelta. Aclaro que pago yo. La perspectiva de alcohol y pizza gratis los entusiasma a ambos y salimos de la fila. El muchacho gordo con la espada en el cinto está felicísimo de nuestra deserción. De repente, Alberto se para.
- Che ¿ese no es Marcos Graubal, vestido de monje? ¿Y el hermano?
- Sí- digo yo- Y esas dos con túnicas ¿no son?
- Patricia y Amalia- la remata Javier.- Mirá, es una careta. Si la hubiera invitado a la conferencia de González, seguro que no hubiera venido.
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