martes, 13 de mayo de 2014

La vida de Agustín Tosco. 14º parte y posfacio.

Y ahora que explotó todo, dice el Colo, yo decía que era algo que se olía en la calle. Nos meten presos a todos, hasta al pobre Laucha, que mucho no ha hecho salvo distribuir algunos volantes. Que joda, decimos todos. En la gayola el que nos vigila nos ceba mates y de vez en cuando nuestras mujeres nos traen facturas, menos la mujer del Colo porque dice que lo tiene podrido. ¿Cómo era ese tango? le pregunto al Negro. ¿Cuál? me pregunta él. Ese, el que cantaba Gardel, yo adivino desde lejos. Ah, dice el Negro. No me acuerdo la letra. Mucho Marx, mucho Marx, dice el Colo pero que falta de cultura, como no te vas a saber la letra. Yo adivino el parpadeo de las luces que de lejos van planeando mi retorno. Cómo desafinás, che, le dice el Laucha. ¿Así enseñan a cantar el tango en Marcos Juarez? Mi viejo lo vio a Gardel y a Magaldi, sabés. Todavía se acuerda. Cae uno nuevo; yo soy ladrón, solamente, no me metan con estos, dice al principio. ¿De qué sos ladrón? pregunta el Negro. De casas. Ahora mi vieja me trae unas facturas. Puta madre, dice el Colo, hasta al ladrón le traen facturas de la casa y a mi nada. Cuando salgas, vas a encontrar el rancho vacío, le dice el Negro. Que va a estar vacío, seguro que mi viejo y mi vieja ya están instalados, mi viejo contando anécdotas del servicio militar, mi vieja cuidando al Agustincito. Mirá que ponerle Agustín al pobre pibe, dice el Negro, le querés arruinar la vida. Ah, bueno, dice el Colo. Ahora hacela de Racing y completala, dice el Negro. No te metás con la Academia, dice el Colo, que seguro que salimos campeones diez años seguidos con el equipo que tenemos. Yo soy de la Academia también, dice el nuevo. Otro converso, dice el Negro, otro converso. ¿Te sabés algun tango? Me parece que tenemos para rato en este lugar.

Posfacio.
Esta historia corta y por entregas, como los peores folletines, hubiera sido imposible sin varias personas, pero fundamentalmente sin los que filmaron y los que hablaron en el documental Trelew, que me dieron el inicio de la historia. Sin La Voluntad, de Caparrós y Anguita, también hubiera sido difícil dar con un clima de época, sin ser arcaizante, sin abundar en manierismos tales como progresivo o hippies. También agradezco al gran Osvaldo Bayer, que en sus contratapas de Página 12 rescató varias veces la figura de Agustín Tosco. La realidad, dijo una vez un escritor, es siempre anacrónica. Después de Bukowski, de Henry Miller y de Nabokov nadie se escandaliza por nada. Preferí que esta historia no tuviera el tono que se supone debe tener una vanguardia; la vida y la muerte de Agustín Tosco son lo suficientemente interesantes como para distraer a la gente con tipografías varias. Es la historia de un hombre, pero también es la historia de un país, de la tragedia de un país que casualmente es el país donde vivo. La historia no es un ejercicio arcaizante para entretener a los académicos, que siempre encuentran con que entretenerse; es el reflejo de las contradicciones de los hombres y de las mujeres que la vivieron y que fueron atravesadas por ella. Cómo diría Bretch, incluso en la vieja Atlántida los amos llamaban a los servidores para que los rescataran.

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