martes, 6 de mayo de 2014

Brasil 2014

                                                                             por supuesto, a los muchos lectores de Lovecraft, como el Eze.

Al final fuimos solamente cuatro. Ibamo a ser siete, pero el Tuerto anduvo en problemas con la mujer, al Tito no lo dejó la vieja y el Raúl es siempre un seco, así que terminamos en el magic number. La cagada fue que tuvimos que aceptarlo al Pelado Sosa en el grupo, porque era el dueño de la combi. No era que nos cayera especialmente mal, el problema era que escuchaba solo dos grupos: Vilma Palma (era primo de uno de los managers) y Thalia. Estaba enamorado de Thalia. Toda la combi estaba forrada de fotos de Thalia; vestida, en bikini, en lamé, frente a un micrófono, con los ojos cerrados, con los ojos abiertos.
- Ta buena- le dijo González.- Pero ¿te gusta como canta?
- Es la mejor cantante del mundo- le contestó el Pelado Sosa.
El plan era llegar a Rio Grande do Sul a ver el partido Nigeria-Argentina. No teníamos entradas. Ni reservas de hotel. Solamente teníamos un mapa y algunos reales que habíamos conseguido medio de casualidad, sobre todo porque González a veces trabaja de arbolito en la peatonal. Y la otra adición era el hermano mayor de González. Le decíamos el mudo, aunque no era mudo. A veces gruñía. Pero entendía una bestialidad de motores, y era nuestro reaseguro por si se nos ropía la combi por el camino. Lo otro que cargamos fueron latas de Quilmes, preservativos y latas de picadillo. Yo, que soy medio gourmand, metí también un frasco de escabeche de vizcacha y un licor Tía María.
El primer día todo bien, aunque me aprendí de memoria "La pachanga". Paramos un par de veces a estirar las piernas, cargamos gasoil, nos compramos alfajores de maicena ("seguro que allá no se consiguen" dijo el Petiso). El segundo día más o menos, porque la verdad es que la combi tenía un olor a meo de perro terrible.
- Pelado- le dije yo- ¿por qué dejas que la puta de la Colita te mee la combi?
- Con mi perra no te metas- me contesta el Pelado- que mas puta es tu vieja y yo no digo nada.
- Ah, perdoná, me olvidaba que es tu novia.
- Andate a la concha de tu madre, Tucho.
La cosa es para olvidarnos del olor a meo de perro se nos dió por contar películas de terror. Todas eran más o menos iguales: muertos que se aparecen, mujeres poseídas por el demonio o maravilla de maravillas, la saga de Viernes 13 y de Freddie. Yo me la había visto completa y el Pelado y González también. Así nos entretuvimos hasta el final del día. Ya habíamos entrado en Brasil, y aunque nos costaba un poco ubicarnos con el mapa, nos iba bastante bien. Entonces se hizo de noche y no sé por qué a González se le dió por las películas viejas.
- No me acuerdo el nombre, las daban en el canal 5. Eran todas sobre lo mismo; eran mas bien series que películas. Trasnoche de sábado, me parece.
- Trasnoches de terror- corrigió el Pelado.
- Bueno, eran sobre un libro, el Necronomicón. Parece que era un libro maldito o algo así. Y los que lo leían completo, se morían.
- Esa está re gastada.
- No, pero vos no entendés. En un capítulo, por ejemplo, había un tipo que se disgregaba en el suelo y que tenía un hermano monstruoso. Yo las veía y después no podía dormir. La más rara de todas fue una que se llamaba "La llamada de Cuthulu".
- ¿Quién es ese Cuthulu?
- Un dios demoníaco, algo así. Estaba situada en Norteamérica, en esa zona pantanosa, donde pasó lo de Katrina.
- Miami- dijo el Pelado.
- Nueva Orleans- dije yo.
- Si, me parece que fue Nueva Orleans. Bueno, la cosa era que había un montón de negros que hacían un rito medio umbanda, vos sabés, pero en vez de sacrificar gallinas sacrificaban personas y entonces aparecía un inspector que investigaba con sus hombres. Y al inspector no pasaba nada, pero a sus hombres los negros agarraban y los sacrificaban.
- ¿Y antes no le hacían dunga dunga?- preguntó el Pelado.
- No, Pelado, callate que estoy contando la historia, pero después el inspector iba a averiguar y un tipo le decía que con ese rito se convocaba a Cuthulu y entonces la historia pasaba a una de esas islas del Pacífico, un marinero que contaba que había visto como el gran Cuthulu había surgido de las aguas, el marinero estaba internado en un psiquiátrico pero el inspector le creía igual y entonces seguía en su búsqueda y encontraba el Necronomicón...
- ¿Y entonces?- le pregunto yo.
- No sé como terminó, porque empezaron los cortes de luz.
- Ah, claro.- dijimos todos. A todos nos había pasado; era un clásico, llegaba el verano y la luz se cortaba en Rosario por largas horas. O largos días.
- Pero me acuerdo que el inspector decía "Ahora voy a saber lo que supieron los Antiguos...".
Y ahí se paró la combi. Todos nos quedamos mudos un instante, porque en esa ruta no había casi luz. Y extrañamente no pasaba un auto. La verdad es que yo sentía un poco de miedo y me parece que el Pelado y González también.
- Bueno, habrá que bajar- dijo después de un rato González. Y bajaron él y su hermano.
- Che, no se ve una mierda- dijo González. - Alcanzame la linterna.
Se la alcanzé. No encendía. La abrimos.
- No tiene pilas, la puta que te parió. ¿Para que mierda traemos una linterna sin pilas? ¿Nadie compró pilas?
No, nadie había comprado. Igual el hermano de González se esforzó bastante, pero en esa noche cerrada era imposible que arreglara nada.
- Me parece que es el radiador- dijo cuando volvió a subir a la combi.- O si no el aceite.
Así que ahí estábamos, lejos de Rio Grande de Sul y cerca de la nada. Para levantar el ánimo, abrí el escabeche de vizcacha y el Tía María.
- Que porquería- dijo el Pelado.- Tiene gusto a rancio.
Entonces empezó el ruido. Venía medio traído por el viento, eran como tambores y aullidos de hombres. Un poco lejos, pero no demasiado.
- Que ruidos raros- dijo González.
- No es nada- le digo yo.
Los aullidos crecían. Eran cada vez más fuertes. Los tambores en cambio cada vez eran más suaves, pero tenían como una cosa melódica, medio rara.
Para que no dijeran que un habitante de Villa Manuelita se había portado como un miedoso, me bajé de la combi y espié en dirección a los ruidos.
- Hay unas hogueras a lo lejos- les dije.
Se bajaron todos. Era cierto. Había unas hogueras altas, demasiado altas. Y un montón de sombras que bailaban alrededor.
- Tuviste que hablar de ese libro de mierda, González. Mirá donde estamos ahora...- dijo el Pelado.- Mirá si nos pasa algo, por hablar de esas cosas.
- No, no podes creer en esas boludeces.
- No, no creo, por suerte me traje una estampita de la Virgen del Luján que me bendijo el Padre Ignacio.
La verdad es que ninguno quería hablar mucho, pero si nos callábamos nos llegaba cada vez más cerca el sonido de esos tambores. Yo temblaba un poco y el Pelado y González ni se miraban. Hasta el hermano de González gruñía cada tres segundos.
- Bueno, hay que pasar la noche, salga pato o gallareta- dijo el Pelado.- Por las dudas, descuelgo el rosario del retrovisor y lo pongo acá entre nosotros. Y la estampita de la Virgen del Luján.
La estampita la dejamos en el piso de la combi, pero el rosario nos lo pasamos entre todos. Nos dormimos los cuatro abrazados, como si fueramos una orgía.
Yo me desperté primero, porque una chica golpeaba el vidrio.
- Bon día- dijo la chica. Tenía una remera que decía "Aguante la Lepra". Al lado de ella había dos chicas más y dos pibes evidentemente canallones.
- Hola, buen día. ¿Son de Rosario?
- ¿Ustedes también? Ibamos a Rio Grande do Sul, a ver el partido, pero el Peugeot 405 de Marcos se rompió y hace dos días que estamos acá. Anoche improvisamos un asado, acá cerca, en la casa de un gaúcho re buena onda y estuvimos tocamos un poco de bongoes y cantando canciones de Vox Dei.
- Bueno, están de suerte- les digo yo- porque el Mudo González es experto en fierros. Despertate, Mudo.
El Mudo gruñó y fue a arreglar el 405. Le encantan todos los Peugeot; hay gente para todo.
"Cuthulu" pensé yo. "El llamado de Cuthulu".
"Espero que ganemos el partido".



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