martes, 13 de mayo de 2014

Un aire de familia. 6º parte

El segundo amigo que Samuel hizo en la ciudad fue Hoffmann. Hoffmann descendía del escritor Hoffmann y era poeta y ajedrecista. Había sido muy rico (o su familia había sido muy rica) pero la Gran Guerra, un padre desquiciado y una madre fugada con el chofer los había arruinado. Ni la falta de dinero ni la bohardilla húmeda donde dormía, a veces con Katherine, a veces con otra modelo, Laurak, destruían su buena fe ni su optimismo incurable. Tenía la virtud extraña de poetizar sobre cualquier cosa; incluso un plato de goulash que Hannah a veces servía con desgano, mientras tenía a Judith alzada, le parecía una maravilla. Sacaba entonces una libreta negra, de cuero y con tinta roja escribía versos inverosímiles y larguísimos que invariablemente acababan en el suelo.
- Busco la palabra- le dijo una noche.- El verso perfecto.
- Oh, eso es inútil- dijo Samuel- Es como querer vencer siempre en el ajedrez. Uno quiere ganar, pero a veces entiende que va a ser derrotado. Hay que perder con dignidad.
- Para mi padre escribir versos era perder el tiempo. Le gustaba el ajenjo ¿sabes? La sorciere glauque. Al principio, era solo un poco de ajenjo. Y mucho cognac. Luego fue más ajenjo que cognac. Creo que ni siquiera se enteró cuando mi madre se fué. Yo solo tenía doce años, era casi un niño, y ya sabía que mi madre quería irse. Podría haberme dedicado al ajenjo. Pero me hice poeta.
- ¿Qué te volvió poeta?
- Oh, yo cuidaba a mi padre durante sus borracheras. No había nadie en la casa, las sirvientas, la cocinera y el mayordomo se marcharon. Solo tenía a Shakespeare y a Goethe. Lo cual no está tan mal. Luego se llevaron a mi padre al asilo, y yo me marché. Creo que ahora la mansión es un burdel.
- Que apropiado- fue el comentario de Samuel.
- Debería haber buscado trabajo, es cierto, pero ¿quién emplearía a un poeta? ¿Que podría ser?
- Podrías trabajar en nuestro periódico.
- ¿Cómo qué?
- Periodista.
- Vous ete fou. No sirvo para eso. Laurak me trae comida algunas noches y, cuando eso no ocurre, vengo a comer a lo de mi buen amigo Samuel y su bella esposa Hannah, adoradores de Jehovah.
Si no, en la parroquia sirven comida. Hay que cuidarse un poco de los futuristas; se están enamorando de Mussolinni.
- ¿Has estado en Italia?- le preguntó Samuel.
- Sí, hermosas mujeres, empedrados increíbles y camisas negras. Por todas partes.
- Como en Alemania. Ese partido de ese hombre...
- ¿Hitler? Da risa, si no diera miedo. El espíritu alemán. Yo no nací en Alemania, nací en Praga, pero mi padre era alemán. El problema es que todos le creen. Los judíos han sido odiados desde hace mucho tiempo, se han encerrado en ghettos, tienen su propio idioma y sobre todo, no creen en Cristo. Un hombre que no cree en lo que otros creen es siempre un hombre de temer. Cuidate, Samuel, cuídate porque se están volviendo cada vez más implacables. Relacionan judaísmo con comunismo, y renuncian a toda caridad. Quizás sea el hambre...
- ¿Qué dices?
- Tú comes todos los días. Hay gente que no. Cuando empiezas a odiar y tienes el estómago vacío, no paras mas. La Gran Guerra destruyó demasiado y ya no se puede reparar.

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