1974
Y ahora se murió el General, que antes de morirse se dio el gusto de echar a los jóvenes imberbes de la plaza y ahora esto es una masacre, un matadero, un revoltijo de sangre seca. Yo discuto con ellos a veces, discuto con los juventud maravillosa que antes el Juan Domingo amaba tanto y recibía en Puerta de Hierro. Y es, a veces, como si ya estuvieran muertos. Cinco por uno no quedará ninguno, dicen. Hay rencor debajo de sus palabras, hay odio, hay recuerdo de compañeros asesinados, de nuestros compañeros de Trelew, de tantos abogados ametrallados a plena luz del día y luego la casa arrasada y luego los libros destrozados. Quizás ya no haya regreso, no lo sé, aunque sé, porque he estado allí, que hay ciertas oscuridades de las cuales es muy difícil volver. Los más sabios, los que son menos jóvenes, escriben poesía, como Paco o cuentos, como Haroldo, y creen. Creen con una ferocidad que desdeña la más pesimista de las posibilidades. Que nos maten a todos y a cada uno, que yo también muera, y entonces me pregunto si es mejor morir en la cama de un hospital que de un tiro en la nuca. Quién nos salvará de la derrota, me pregunto. Aún creo en la lucha obrera y en mis compañeros pero veo en ellos un miedo atroz que antes no veía. Es como si fueran ahora solo una carnada. Yo que leí los libros que alguno me prestó de Marx y de Lenin y de Milcíades Peña, ahora creo solo en el día de mañana, en que algo hay que hacer, en que por algo hay que pelear antes que Argentina sea el gran cementerio donde los oligarcas toman el te tranquilos que fue siempre. Y mientras pienso esto tomo mate y como bizcochitos de grasa y el Laucha me trae de la imprenta los últimos volantes que hemos impreso.
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