martes, 11 de marzo de 2014
Lombrosianismo moderno
El debate acerca del Código Penal es uno de los más interesantes de la sociedad moderna, porque nos atañe a todos. Lo curioso, creo yo, no es solo que el Código Penal argentino siga siendo curiosamente lombrosiano en el siglo XXI, sino que la sociedad y sobre todo, la parte más afectada, más débil, es decir lo que nosotros llamamos delincuentes se ven a sí mismos como los veía Lombroso en el siglo XIX. Hay un libro que se llama "Ninguna mujer nace para puta", escrito por una mujer que abandonó el ejercicio de la prostitución. También podemos decir "Ningún niño nace para delincuente". El niño, ya lo dijo Freud hace bastante tiempo, es un perverso polimorfo. Si sus padres son narcotraficantes, naturalmente creerá que el narcotráfico es una actividad tan honesta como el cultivo de tomates. Si su madre hurta ropa en una boutique, por supuesto que el niño creerá que el robo es tan natural como las hojas de los árboles. Me parece que a los adultos en este país (y en cualquier otro país) nos resulta más cómodo depositar nuestras culpas en ese otro que imaginamos listos para robarnos el celular, el auto, la notebook o en el peor de los casos, violar a nuestras mujeres. El problema es que los delincuentes hoy en día también se ven así, y no es culpa de ellos, sino de una sociedad donde las personas más inescrupulosas que lucran con todo (drogas legales e ilegales, armas, mujeres, niños) no son nunca acusados de nada y a Robert Downey Jr. (para dar un ejemplo) lo meten preso por consumir drogas. Me parece que nos estamos acercando cada vez más a una sociedad de niños caprichosos, ganados por el marketing, para los cuales la marca de moda -que siempre cambia- es mejor que la paz social. Si seguimos así, la Tercera Guerra Mundial se desencadenará por un Twitter de Obama a Putin y viceversa. ¿Por qué le pedimos adultez a los políticos si nosotros mismos a veces no sabemos nada de nuestros hijos, ni nos importa? Me parece que pedir treinta años de cárcel para el narcotraficante que le vendió droga a nuestro hijo es muy, muy, muy histriónico, pero, un poco de sentido común, es nuestro hijo. ¿No hicimos nada para que se drogara? ¿Nunca lo minimizamos, nunca le dijimos cosas hirientes, nunca lo subestimamos? ¿No le exigimos, a veces, más de lo que podía dar? Hay padres que hablan de sus hijos como si fueran una exhibición en un museo; la verdad, no hace falta ser Freud ni Lacan para darse cuenta que eso es terrible. Para el padre no, seguramente. Para el chico sí. Los padres les ocultamos a veces verdades terribles a nuestros hijos, y después, cuando crecen, los chicos se dan cuenta solos. Los mejores, como decía Oscar Wilde, lo perdonan. Los más débiles se sumerjen en el mundo de la negación, que es tan terrible como la realidad, o quizás peor, porque la realidad se puede cambiar, al menos. Pasa en este país, pasa en todos los países. Pensemos en todas las muertes por sobredosis que Hollywood lleva acumuladas en sus cien años de existencia. Eso no pasa, decimos. Si, pasa, y una vez que una persona está hundida, es difícil izarla. Si somos tan adultos como decimos, antes que preocuparnos por la gente malvada que vive en la Cava o en la villa de Retiro (he estado ahí miles de veces, es un lugar como cualquier otro) tendríamos que ocuparnos más de ser padres. Si no, desliguémonos de la responsabilidad, dejemos que el Estado abra grandes guarderías comunitarias del cualquier color político y dentro de veinte años los saludaremos con el brazo en un desfile militar.
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