martes, 11 de marzo de 2014

Martín Caparrós

No creo que sea tan grave, ni que destruya el ego de nadie (a esta altura) si digo que Martín Caparrós no me parece un gran escritor (tiende a desviarse, a escribir de más, a volverse demasiado barroco, estilo que a los argentinos, definitivamente, no nos va) y sí un gran cronista. Un periodista del mejor estilo: del de García Marquez, del de Roberto Arlt. No dudo que la leyenda que cuenta que Anguita hizo la mayor parte de la investigación para ese gran panorama de la historia política de los años de plomo fue Eduardo Anguita; el estilo preciso, seco, cortante es indudablemente el de Martín Caparrós. Hay que leer La Voluntad, tratar de leerla sin angustia ni terror (admito que para los que fueron protagonistas de esa historia esto no es fácil). Es un panorama épico; los personajes son distribuidos de una manera genial, y no dudo que los protagonistas están agradecidos de ser reflejados de esa manera (lejos de la canonización psicobolche que cundía en los ochenta). Hay una gran novela de Liliana Heker que se llama "El fin de la historia" y un gran libro de Miguel Bonasso que se llama "Recuerdo de la muerte". Son grandes libros, sin duda, pero su retrato final es tan unívoco, tan centrada en sí misma, que pareciera que en los setenta los militares mataron y torturaron a un montón de conejitos inocentes (quizás el libro de Heker es un poco más ambiguo, un poco más abierto a la duda). Si lo que se plantea como izquierda no reconoce jamás sus errores de concepto, empezando por el más básico, el verticalismo, la insistencia en creer que Marx escribió la Biblia y que el mundo no es diferente ahora, la izquierda tiene la batalla perdida desde el vamos. Yo me reconozco abiertamente como trotskista, pero tengo que reconocer que Trostski y Lenin se equivocaron infinidad de veces, y probablemente eso causó, más que Stalin, el desastre en la Unión Soviética. Creo, ahora, en la mitad de mi vida (Borges me convenció, en realidad) que lo que necesitamos es un mínimo de Estado. Las creencias religiosas, los gustos musicales, el deporte favorito, la comida preferida, la orientación sexual, e, incluso el partido político, no es demasiado relevante en realidad porque generalmente lo heredamos de nuestros padres, de nuestros amigos. Algunas cosas decidimos nosotros mismos; la mayoría no. Me gusta Martín Caparrós, admiro su estilo, su finísima ironía, porque es en realidad un libre pensador. Eso es básico para un periodista, para un cronista. Probablemente haya sido uno de los primeros desencantados del sueño revolucionario de los años setenta; nuestra generación nació desencantada, así que no tuvimos ese problema.

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