viernes, 14 de marzo de 2014

Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia

Diario de Germán.

Fui a ver una película con Amalia. El jueves me pasó a buscar Javier y tomamos una cerveza y charlamos un rato. El sábado Karen y la Peco me llevaron a elegir la cuna del bebé (parece que es nena, pero ellas no quieren nada rosa, por las dudas). El domingo cayó mi hermano  a almorzar; estuvimos un rato callados y entonces le empecé a contar lo que pasó entre mi futura suegra y yo.
- Vos sos boludo o te hacés el boludo- me dice Alberto.- ¿Por qué no le dijiste la verdad?
- No me animé- le dije yo.
- No, entonces sos boludo.
- Es que se va a armar un gran quilombo...
- Germán, la mina esa dijo que yo era un degenerado porque yo me había divorciado dos veces y vos porque  escuchás música clásica. Seguro que se va a armar quilombo. Tiene un pedo en el cerebro. Seguro que se va a armar quilombo.
- Pero papá y mamá...- le digo yo.
- Bueno, te voy a decir algo, papá se va a poner de triste cuando se entere que no tiene que pagar la mesa dulce.
- Pero mamá ya compró el vestido.
- Uy- dice mi hermano.- Es cierto.
Mi madre es una mujer profesional, activa, solidaria, dulce y cariñosa. Una mujer abnegada. Ahora, esta especie de santa, cuando ve un shopping se transforma. Dolce y Gabanna, Armani, Ricky Sarkany, Fendi, Louis Vouitton son sus amigos favoritos. Mi viejo cuando llega el resumen de la tarjeta de crédito pone el grito en el cielo. "Un par de zapatos sale quinientos dólares. Es lo que cuestan diez cenas." masculla mi viejo. Cuando viajamos a Europa, yo tenía diez años, casi se divorcian. Volvieron en vuelos separados: mi viejo con nosotros dos, mi mamá con cinco valijas. "No podés ser tan apegada a lo material" le decía mi viejo. "Tira tus zapatillas mugrosas de cuando tenías dieciocho años y después hablamos" le decía mi vieja. Desde que se enteró que me iba a casar, se pasó de Dot  en Alto Palermo buscando el Vestido Perfecto. Después de dos meses lo encontró. Le costó tres días encontrar los zapatos y los aros perfectos de Tiffannys. Mi papá estaba chocho.
- Hay que ser diplomáticos. Mamá no va a querer que el casamiento se suspenda.
Alberto me miró un rato largo.
- Tenés mal el orden de prioridades.
- Pero vos sabés como es mamá cuando se enoja.
- Si, ya sé. Le dije después de un año que me había divorciado. Todo el mundo lo sabía y ella no.
De mi segundo matrimonio mejor ni hablemos, porque ella todavía odia a "esa bruja".
- Bueno, yo no me animo.
- Yo menos.
- Me siento un pelotudo. No puedo enfrentar a mi propia madre.
- Nunca pudimos.
Es cierto. Nuestro padre es callado, pero nos quiere. Nuestra madre nos ama, nos adora, pero cuando la contradecimos somos el monstruo ; nuestra vida es una tragedia griega del peor tipo.
- Bueno- dice Alberto- no te queda otra que hablar directamente con Gretel.
- Tampoco me animo. Tengo miedo de aflojar.
- Me parece- me dice de repente Alberto- que yo siempre tuve razón. No en eso de que las minas son todas unas turras, pero sí de que Gretel nunca se quiso casar con vos. Quería el casamiento, no el novio. Si hubiese estado enamorada, se hubiera quedado con vos, ni hubiera pensado en Julián. Le echamos la culpa de todo a él, pero en realidad...
- Si es verdad lo que decís, entonces yo fuí el boludo. Yo pensé que ella se quería casar conmigo. Por amor.
- Si, yo también pensé lo mismo de Marta.
- Bueno, por lo menos no me casé. Tenés razón, voy a hablar con Gretel. Le voy a decir lo que me decís ahora, y le voy a decir que por ahora suspendemos el casamiento.
- No aflojes, muchacho, no aflojes. Ya lo decía Martín Fierro: nunca confíes en lágrimas de mujer ni en la renguera del perro.
- Hacete amigo del juez- le retrucó yo.
- Ojalá pudiera, che. Bueno, vamos a abrir un Valmont.

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