viernes, 28 de marzo de 2014

La muerte de un rey 22º parte

                                                                                                Everything I touched was golden
                                                                                                Everything I loved got broken
                                                                                                On the road to Mandalay
                                                                                                                    Robbie Williams

                                                                                        Omar, Paris, 2016

He sido un rey, pensó Omar o he soñado ser un rey. Había hecho la última traducción de Salman Rushide y de Louise B. Hay, había cobrado un buen dinero, lo había gastado y ahora no tenía trabajo. Estaba acostumbrado a ser un vagabundo. Había vivido en México, en Uganda, en Salamanca; ahora vivía en París, cerca del Pont de Arts, en un altillo lleno de humedad. Dentro de dos o tres días lo echarían a la calle. Podría intentar traducir la Odisea por decimoctava vez. Podría escribir su primera novela. Podría intentar enamorar a alguna francesa.
No haré nada de eso, se dijo.
Entonces vió el mail de Melinda.
Melinda había sido su amante en Inglaterra. Antes de conocer a su marido. Melinda en esa época era delgada y bellísima como una princesa de Mónaco. Luego lo había dejado por un poetastro de poca monta. No le había roto el corazón al hacerlo; la Melinda que había conocido no era la mujer caritativa y encantadora que aparecía en las revistas, sino una coqueta impertinente. Omar había sido el amante de varias de ellas y no le llegaban nunca al corazón. Diez años después se habían encontrado en Marbella. Ella ya estaba casada, ya tenía a Lisbeth y parecía feliz. Mi marido es un buen hombre y salva vidas, le dijo ella. Y Lisbeth es tan hermosa. La encontró tan cambiada que lo sorprendió. Siguieron carteándose  y enviándose mails y fotos y recomendándose libros, incluso cuando Melinda enviudó. Melinda había dejado de amar muchas cosas luego de la muerte de su marido, excepto los libros del siglo XVII y XVIII.
Necesito tu ayuda, le decía Melinda.
Necesitamos dinero.
Parecía una broma. Cuando eran amantes, Melinda pagaba todas las cenas y todos los hoteles. La fortuna de Melinda le había parecido siempre igual a la de Midas; inextinguible.
Tienes que venir a Nueva York. Te gustará la ciudad. Te pagaremos el pasaje.
¿Quienes? se preguntó él.
¿Aún recuerdas las clases de criptografía del profesor Holland? ¿"El escarabajo de oro"? Necesito que traigas todos los libros que tengas sobre ese tema.
Por favor, ayúdame. Así terminaba Melinda su mail.
Tendido en la cama, oliendo las sábanas sucias, Omar se preguntó que hacer.
No conozco Nueva York, se dijo de pronto.
Dicen que en sus bibliotecas hay libros que no se encuentran en otras partes.
Dicen que se puede comer buena comida china.
Dicen que el cigarrillo está prácticamente prohibido allí. Odio los cigarrillos.
Iré, Melinda, le respondió. Envíame el pasaje.
Mientras tanto, se dijo, mientras llegue el pasaje, empezaré de nuevo a traducir la Odisea. 


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