viernes, 21 de marzo de 2014

La vida de Agustín Tosco. 8º parte

                                                                                                                                  1966
entraron en la Universidad como jauría y yo y los otros que hasta ahora los mirábamos de costado a las eminencias, que hasta ahora éramos otros, ahora nos sentimos un poco hermanados en la desgracia. Es un nido de subersivos, dicen la milicada y los curas y algunos profesores que no son curas pero en eso andan. Ahora a algunos se les da por preguntar más de lo que se debe, salen del Teorema de Tales y de la gesta patriótica para inquirir en otras cuestiones. Onganía arrasa con todo; ya lo echó a la calle a Illia (y bien que muchos hicimos fuerza para que la Tortuga se vaya, yo entre ellos). Ya se dice que la música de los Beatles incita a la violencia y a las drogas, mientras ellos queman libritos que da gusto. Ya se dice que a esta sociedad argentina solo la salvará la fuerza de la espada, como dijo Lugones cuando cayó Uriburu y el Colo me dice, mirá si tendré razón, siempre el mismo discurso. Al Chueco no lo vemos más; desde el día que nos mandó a todos al carajo desapareció del barrio. Sabemos en que anda por la hermana, que cada vez que nos habla de él sacude la cabeza. Yo, el Colo, el Laucha, el resto no estamos muy conformes con lo que hacemos y quizás podríamos hacer algo más, pero yo trabajo para llevar el pan a mi casa. Algunos de los desalojados de la universidad viajan al extranjero y probablemente nunca vuelvan; fuga de cerebros, lo llaman, y algunas revistas importantes hablan de eso como un escándalo. A nosotros ni no registran porque nunca lo hacen; no ven el rencor cierto que anida en los que no somos intelectuales. El día que todo esto explote, me dice el Colo, no va a quedar ni un teológo en las iglesias ni un literato en el suplemento cultural de la Gaceta.

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