A Tomás D'Esposito Muller, canalla como yo.
Todo empezó en las cenas. En esa época me invitaban muchos, y yo ya estaba acostumbrado. Eran todos simpáticos conmigo, y por lo bajo, al final de la jornada, mientras bebíamos whisky y fumábamos cigarros, me decían nombres. Claro, claro, decía yo, claro, claro. En realidad, me tenían un cagazo padre; por eso me trataban con guantecito de seda. A este, le dijo una noche de esas uno a otro y yo lo escuché y curiosamente no sentí odio, en cualquier momento se le suelta la cadena. Me decían que era un prohombre y yo, que nunca supe que cosa es o no es un prohombre, lo aceptaba sin disgusto. Yo en esa época viajaba mucho y conocía a gente importante, muy importante. Algunos me hablaban en inglés, otros en francés; hasta algún prelado importante había, lleno de latines. Al otro, que no era mi amigo para nada, le importaban los prelados. No tanto, claro, como para impedir que en las listas figuraran dos otres curitas, dos o tres monjitas. Nunca dejaba de mencionar a Dios y a la santísima virgen. La verdad, era un idiota, todo el mundo se daba cuenta, y por eso a las cenas me invitaban a mí. En una de esas cenas estaba él. Era más simpático que el resto y parecía mejor persona; y la esposa era un amor. Me hacía acordar, un poco, a otras mujeres que había conocido antes, antes de esto. Bebía demasiado, era un problema.
Me hice más amigo de ellos que de el resto. Era más parecido a mí que los otros; nos gustaba la bebida y los cigarros y las minas, como a todos los hombres del país. Minas, en realidad, era lo que me sobraba. Todas me tenían miedo, sobre todo las que tenía en ese otro lado. Temblaban de solo mirarme; eso me encantaba. Pero a veces me cansaba un poco. Por eso me fijé en ella. Porque ella me despreciaba un poco y lo hacía sin asco. Te voy a volver mi amante, pensaba yo. Te voy a pedir que me ruegues, pensaba yo. La verdad, no me costó mucho volverla mi amante. Se acostó conmigo, claro, y yo me dí cuenta enseguida que el marido sabía, y ya la humillación se terminó. El me seguía invitando, me seguía sonriendo; ella me miraba desde atrás del vidrio del invernadero. Un día, después de encamarnos, me contó que un día había esperado un taxi en una esquina y había dejado pasar los más nuevos, para subirse al más viejo, al más destartalado. Me dió lástima el taxista, me dijo, entre hipos. Al otro día le compré un reloj nuevo.
Dos o tres días después él me invitó a cenar. Está bien, le dije yo. Me empilché bien, y me perfumé y parecía que recién había salido del Colegio. La noche estaba hermosa, era esas noches primaverales, que solo ocurren aquí. Empezamos a cenar y entonces yo noto que ella no tiene el reloj en la muñeca y que usa mangas largas. ¿Qué pasó con el reloj? les pregunto, a él, a ella. Nada, nada, me contesta ella y lo mira a él y entonces empiezo a sospechar, porque esa mirada yo la conozco. ¿Se te rompió? le preguntó ahora a ella, y ella no me contesta y parece que se está por largar a llorar. No soporto que la gente llore, si impediré que la gente llore donde yo trabajo. Entonces el me mira, y veo en sus ojos el cagazo padre con el que me miran todos y entonces yo agarro el fierro, del que por suerte por nunca me desprendo, por las dudas, y entonces salimos los dos afuera y el me dice, como dicen todos en la parrilla, yo no fui, yo no hice nada, te juro que no hice nada y entonces el disparo, y la mancha roja en el agua transparente y es como decían los otros, mejor que a este perro nunca se le suelte la cadena.
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