viernes, 21 de marzo de 2014

La muerte de un rey. 21º parte.

Yo pongo el alma mía donde quiero.

Y no me nutro de papel cansado

adobado de tinta y de tintero.
Pablo Neruda
 
Zafir, territorio neutral en la cima del monte Lauros.
 
Zafir era el escribiente de la guerra. Antes del él lo había sido
su abuelo y antes el bisabuelo de su abuelo, y así hasta llegar
al primer escribiente. El nombre de los escribientes no se recor-
daba; los escribientes eran mestizos y esclavos. El placer de 
recordar la gloria en las batallas era todo de las reinas madres, que
eran las que los nutrían. Un mal verso,un endecasíbalo equivocado
y eran sacrificados en el verano, luego de pasar una temporada en 
los calabozos. Así el abuelo de Zafir había cantado a los hermosos
pies de Lisbeth, a su boca de fuego, a su bondad primigenia. Zafir
había alabado también a Argüil, a su belleza morena, y luego a la 
primera heredera y luego a Juith, que aún era una niña pero cuyos
pechos estaban asomando bajo las túnicas apenas opacas que solía
usar en los ritos del invierno. La reina le había insistido en esto;
versos sobre la belleza de Juith, sobre sus ojos de oro azul, sobre
la oscuridad de sus pezones. Zafir sabía lo que Arguil quería y 
también sabía lo que Juith no quería (¿y el rey? ¿que quería hacer
el rey? era un misterio). Un día, después de cantarle la gesta de 
Sarar y los dos generales muertos, la segunda heredera había llorado.
La luna era una maldición para ella.
Ahora él iba a recibir a Eliza y a Henry. Los Mil solo confiaban
en los escribientes, porque sabían que a ellos no les estaba permiti-
do matar, bajo pena de impureza. 
Vio llegar a Eliza sola. Henry no estaba con ella. Solo estaban los
hijos de Sarar; orugas venenosas de la misma raza que el monstruo
Polined.
Vienes sola, le dijo mientras ella desensillaba. ¿Henry no se 
animó a venir?
Aún le duele el ojo, fue la respuesta de ella.
¿Estás componiendo versos?
Soy un escribiente, una cosa inútil si no escribe versos épicos de
grandes batallas.
Es mejor que ser un guerrero.
No es mejor.
En mi planeta si lo era, según me contaban mis padres. Mi padre,
Oregon, sabes, quiso ser como tú eres ahora.
Todos los destinos son inútiles, dijo Zafir, pero tu padre era un
hombre valiente.
Mi padre era un hombre. Su valentía o su cobardía depende de quién
cuente la historia. Pero no vengo a hablar de eso. ¿Nos dejará el 
rey entrar en el palacio sin herirnos? Puede tomarnos como prisione-
ros, eso no nos importa. Pero tiene que prometer que no nos herirá. 
Yo no puedo prometerte eso. Y el rey tampoco. Arguil quiere que la
linea sucesoria vuelva a correr. La segunda heredera está por volver-
se fertil.
Es una niña.
La favorita de la reina. Es una niña delicada y en el fondo, bondado-
sa. Ama a su hermano. No creo que vaya a matarlo. La otra posibilidad...
Entiendo. 
Enviaré a Henry de vuelta con Sarar. El resto de nosotros entraremos
en el palacio. 
Está bien. Se lo comunicaré al rey.
En mi planeta, dijo de pronto Eliza, estaba prohibido casarse con
el hermano, tener hijos con él. Decían que la sangre así era impura.
No vayas a decírselo a la reina. Esta orgullosa de ser la octava
hija de dos reyes hermanos que se besaban entre sí desde que eran
púberes.  
 
 
 

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