lunes, 24 de marzo de 2014

Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia.


Diario de Amalia.

Ya tengo casi todo estudiado, excepto cinco o seis pequeños libros de ochocientas páginas cada uno. Me parece que me voy a sacar un ocho, o lo que es más humillante, un siete. No, si me saco un siete prefiero que me bochen. Odio al titular de la cátedra y a sus ayudantes. Odio la bibliografía obligatoria y también la complementaria. No sé por qué estudio esta carrera. Y entonces llega mi mamá.
- Hola, bichito, que hacés, todo el día estudiando vos, tenés la piel verde, tenés que ir a la cama solar, no te maquillás nunca, estás muy flaca, no te queda bien, tendrías que pasar el fin de semana en el country.
- Hola, mamá- le digo yo.
- ¿Andás en algo?
Cuando mi mamá me pregunta si ando en algo no me está preguntando si soy heroinómana o si me uní a una pandilla de skinheads; en realidad lo que quiere saber mi madre es si he conseguido un novio que llene sus expectativas, que son siempre un poquitín desmesuradas. Mi madre quiere que me case por lo menos con algún probable heredero del trono de Inglaterra o en su defecto con el creador de Facebook.
- Sí, algo así. 
- Contame, contame.- y se sienta en el sillón del living y prende un Parissienne, cosa que odio pero que según ella da charme. Durante toda mi infancia envidié a las chicas cuyas madres las retaban porque llevaban la pollera demasiado corta; la que llevaba minifaldas durante mi infancia era mi vieja. Ahora sigue siendo atractiva y simpática y según sus novios adorable. 
- Bueno- le digo yo- es un chico estudioso y trabajador y buen mozo. Tiene algo de plata.
- ¿Donde vive?- pregunta mi vieja.
Mis dos novios viven en la parte más venida abajo del Abasto. Ninguno de los dos es pobre, pero la sola mención a mi vieja de una zona que salga de Vicente Lopez, Recoleta, Palermo y el centro le cae muy mal.
Pobre gente, es su comentario hacia esa otra gente que no sabe lo que es un petiso de polo ni un campo de golf. Después no entiende porque no la visito nunca.
- Y- le digo yo- viste el límite entre las calles Diasporda y Gallemonde, tiene un pisito ahí, en un edificio muy lindo, diseñado por Harft, el arquitecto.- Acabo de inventar las dos calles, el piso, el edificio y hasta el arquitecto, pero mi mamá es de las que se muere antes de aceptar que no tiene idea de quien es Harft, así que sonríe contentísima.
- Ay, que bien, nena, yo no te quería decir nada, pero últimamente rechazabas todos los chicos que te presentaba, tan amorosos, y tus amigos no me gustan nada, yo creo que no son gente como nosotros, vos sabés que nuestra familia...
- Sí, ya sé, ya sé, mamá- no quiero interrumpirle sus sueños aristocráticos, pero mi abuelo era italiano y tuvo una fábrica de embutidos que prosperó. Por suerte el apellido sonaba bastante fino y además a mi vieja le puso el nombre de Fiamma. Le quedó bárbaro. Lo de mi abuela es peor, porque ella en realidad era viuda y tenía ya dos hijos; mi madre llegó de rebote, cuando ella tenía treinta y siete años. Creo que fue ella la que inculcó en mi pobre madre la idea de que le usurparon el trono de Java. No estoy segura, porque no llegué a conocerla. 
- Ay- dice mi vieja de repente- en el celular hay una foto de él. Que divino.
Es una foto de Germán. El otro día, que fuimos al cine, se me dio por sacarle fotos y no las subí a la compu. La verdad es que el muchachito es lo más cercano a lo que mi madre imagina el NOVIO PERFECTO para mí, y para que destruir las ilusiones de una mujer de mediana edad, que a pesar de ser caprichosa y snob es una muy buena madre (tuve todas las Barbies del mundo gracias a ella).
- Si, ¿viste?- le digo yo. - Además es del PRO: 

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