a Benjamin Lacombe
Ahora la posada está vendida, porque enterramos el cadáver. Ana Lee, mi cuñada, mi hermano Fern y yo lo hicimos, sin dejar de sentirnos un poco culpables. ¿A quién estábamos enterrando? Era hombre, eso casi seguro y hacía muchos años que había muerto; además de eso, todo era neblina. Y era curioso y casi nos reímos, porque en estas zonas de Bretaña abunda la neblina que dicen trae malos espíritus. La posada era herencia de nuestros padres; ellos la habían comprado a finales de la Segunda Guerra Mundial con el poco oro que habían podido traer desde China. Los turistas nunca eran muchos, pero a la tarde las mujeres inglesas y francesas, ya un poco gordas, ya un poco viejas, se sentaban a tomar el te mientras miraban el atardecer. A veces traían algún marido, pero la mayoría eran viudas. Mi madre había aprendido desde pequeña, en su Cantón natal, a cocinar pastelillos y para ella pasar al Lemon Pie y a las masas de manteca no fue nada difícil. Nuestro padre siempre fue metódico, ordenado y económico; nuestros amigos decían que en realidad era avaro, pero nunca lo fue con nosotros. El resultado fue que prosperaron (prosperamos) y tanto Fern como yo pudimos ir a la universidad. Yo fui médica y Fern fue contable. Ambos nos casamos, ambos tuvimos hijos, ambos envejecimos lejos de nuestros padres; íbamos a visitarlos cada año, pero ellos siempre se mostraban tranquilos e imperturbables. No tenían nadie que los ayudara. El año pasado mi padre murió de un síncope y tres meses después lo siguió mi madre. Decidimos vender la posada (era lo más sensato), pero antes tuvimos que arreglar las cosas, donar los vestidos viejos de nuestra madre, repartirnos las joyas, tasar algunos muebles -nuestro padre, el avaro, sabía distinguir un mueble de calidad de uno barato a simple vista. Cuando ya casi estábamos terminando, en un ropero de roble negro, apareció la caja. Era rectangular, de hierro macizo; nos llevó toda la tarde abrirla, porque estaba oxidada. Adentro estaba el cadáver.
Ana Lee es psiquiatra forense y ha visto cantidad de muertos. Me dijo que era un hombre casi seguro, por el tamaño de los huesos y la forma de la pelvis. Mi hermano vomitó toda la tarde. Entre Ana Lee y yo lo tranquilizamos; nadie sabía de la existencia de ese muerto, nadie había venido nunca a buscar a nuestros padres, inclusive Ana Lee le hizo notar que un residuo que había en la caja, bastante corrompido por cierto, le hacía pensar que ese hombre estaba muerto desde antes de que nuestros padres nacieran. ¿Qué es? le pregunté yo. Un pedazo de bolsa de terciopelo monogramada, me respondió. Cuando quiere, Ana Lee es puro secreto.
El terciopelo no es un material común, siguió Ana Lee. Hoy en día, solo se usa para los vestidos de fiesta de invierno. Un hombre no usa casi nunca terciopelo, no va con su naturaleza. Solo las mujeres lo apreciamos. En el siglo XIX se usaba mucho más, sobre todo para detalles, para pequeñas coqueterías de dandies. Era muy común, por ejemplo, que los más sofisticados guardaran pequeños objetos en una bolsa de terciopelo. Si ese sofisticado además era una persona importante (en el siglo XIX, es decir, un príncipe o un marqués) probablemente le pusiera su monograma personal, que era como un sello.
- Cuantas complicaciones- repuso Fern, pero en realidad los dos estábamos felices de advertir que nuestros padres no habían llevado una doble vida oculta a nosotros. Ahora solo sentíamos curiosidad y un poco de nervios al pensar en qué debíamos hacer con el muerto.
- Creo que lo mejor es enterrarlo- dijo al final Fern. Nosotras dos asentimos. En un rincón secreto de la casa, hay un pequeño jardín donde mi madre cultivaba fresas y amapolas; allí enterramos a cuatro de nuestros perros; allí enterramos al muerto desconocido y probablemente ilustre. Luego cerramos la casa. La posada fue vendida dos meses después.
No hablamos nunca más de nuestro extraño descubrimiento.
Yo me traje de mi madre la ropa mas nueva, los discos de Ravel, cuatro o cinco joyas de oro y cinco almohadones bordados. A mi madre le gustaba bordar, cuando había poco trabajo en la cocina, pero yo estaba casi segura que nunca había visto que bordara esos almohadones. Eran de seda y tenían el olor (aunque tapado un poco con lavanda) de las cosas muy viejas. Eran cinco escenas diferentes y parecidas al mismo tiempo. De noche soñaba con ellas; me levantaba agitada, me tomaba un vaso de agua, y volvía a dormirme, pero con mucha dificultad. Lamenté no saber más de mi madre; cuando ella estaba viva y yo le preguntaba acerca de China, me respondía invariablemente: yo era muy joven y todo el mundo moría. No quiero recordar.
Un día descubrí, en el bordado de uno de los almohadones, el monograma de la bolsa de terciopelo del muerto. Parecía una flor más; estaba tan sutilmente insertada en la trama que era parte del paisaje donde un hombre bajo un sauce comía lánguidamente un bombón y una princesa china se servía agua en una jarra. Entonces advertí algo más extraño aún; el hombre, aunque vestía ropas orientales, tenía ojos azules y nariz muy aguileña. Ese hombre no era chino. Ese hombre era europeo.
Puse los cinco almohadones sobre mi sillón. Había uno que era casi igual: la princesa era la misma, pero se servía vino en lugar de agua y el hombre tendido bajo el sauce era definitivamente de origen asiático. Había algo triste en su cara, y sus ropas eran de menor brillantez que el otro. En el otro dos princesas estaban sentadas en un prado de amapolas, vestidas de blanco. El cuarto mostraba una escena similar, pero detrás del prado podía verse el mar y algo como el atardecer, aunque los rojos eran demasiado intensos. El último de todos era el más extraño, porque en él las dos princesas bebían vino y debajo de las amapolas primorosamente bordadas había un hilo negro y suelto que desentonaba con todo.
Casi no pude dormir por dos noches. En una de ellas me dormité y me desperté sobresaltada, porque me pareció oír a mi madre en un idioma que desconozco, no el chino de Cantón de mi infancia, ni tampoco el francés apenas masticado, sino uno secreto, solo hablado por mí y por ella.
La tercera noche tomé un somnífero. No soñé nada. Cuando me desperté, a las diez de la mañana, hora tardía para mí, supe lo que había pasado, supe quién (o mejor dicho qué) era el muerto, conocí la historia que mi madre se había guardado para sí y que había recibido de sus antepasados.
La princesa (desconozco su nombre) y su madre vivían en un palacio en China. Estaban rodeadas por abanicos, jarrones de porcelana azul y aros de jade. Las dos eran muy delicadas en todo lo que hacían, por ejemplo bordar y cantar. Había un hermano, hermano de la princesa, pero se había marchado de viaje a Europa.
Un día el hermano regresó. Estaba algo cambiado. Su semblante, que antes era redondo y sonrosado, ahora era amarillo y delgado. La madre no tardó en descubrir las causas del cambio: en la Europa desconocida su hijo se había hecho adicto al opio. Solo vivía ahora para fumarlo. Algunos aros de jade y algunos dragones de oro desaparecieron del palacio; dos o tres meses después desapareció el hermano. Lo encontraron tres días después, muerto, con una sonrisa beatífica en la cara y la piel en los huesos.
Luego estalló la guerra. China prohibía que se vendía opio dentro de su imperio, pero los reinos de Occidente habían decidido que era una buena manera de obtener dinero. Los reinos de Occidente tenían más barcos y más armas que el imperio chino y sobre todo más dinero. Ganaron la guerra.
Ahora aparece el marqués (lo imagino marqués para comodidad narrativa, no porque sea cierto). El marqués era inglés o francés y se imaginaba civilizado por tener doscientos o trescientos años de apellidos ilustres a su espalda. Para la princesa y su madre era un bárbaro; sus antepasados podían rastrearse desde antes de la construcción de la Gran Muralla.
El marqués se enamoró de la princesa. No sólo se enamoró; hizo valer su cariz de vencedor. Imaginó que ninguna mujer podría negarle nada a un representante de los conquistadores. Mostró su dinero como quién muestra una cicatriz de guerra. Habló de contactos, de influencias. A la princesa no le costó mucho averiguar que era cierto lo que se murmuraba: la mayor parte de la fortuna del marqués provenía de fumaderos de opio en el bajo Londres.
La princesa mató al marqués con bolas de opio ocultas en los dulces que le ofrecía todas las tardes. Su madre fue cómplice en ese crimen. No fue por odio, y no fue tampoco por amor; aún no lo comprendo del todo, porque yo ahora pertenezco al Occidente que mi lejana bisabuela detestaba. Fue un sutil acto de justicia para ellas, para nosotros desmesurado. Ocultaron el cuerpo del marqués en una caja de hierro, y bordaron almohadones con la historia y nunca se arrepintieron. Mi madre llegó a conocerla a duras penas, porque cuando mi madre nació ya la mayor parte de la riqueza se había esfumado. Sin embargo trajo la caja con ella, para proteger al muerto y a las muertas. Nunca entenderé del todo a mi madre, y quizás ella nunca entendió del todo la historia, pero quizás algún día se la contaré a mis hijas; les diré que descendemos de princesas orientales que sonreían mientras envenenaban.
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