Diario de Germán
Aliviado porque el casamiento se haya suspendido, un poco triste porque el casamiento se haya suspendido (aunque Alberto insiste en que debo hacer una fiesta), preocupado por la reacción de mis padres. Junto todos estos sentimientos y entro a mi oficina, donde mis empleadas se están probando ropa. Ya me resigné a Avon, a Violeta Fabbiani y a los catálogos de lencería femenina.
- Suspendí el casamiento- les digo.
Todas largan un Oh de pena que advierto un poco falso. La casada es la primera que se me acerca.
- Ya vas a encontrar otra chica. Que te comprenda.
La estudiante de Letras también se me arrima.
- El matrimonio es una institución patriarcal. Hiciste bien en no casarte. Tendrías que leer "Las correcciones" de Jonathan Franzen.
- Sí, ya lo leí.
- ¿Te diste cuenta que es un libro contra el matrimonio?
- Es un libro pesimista en general sobre todo- le contesto yo.
- Pero sobre todo sobre el matrimonio. Los que están casados terminan mal en ese libro.
- Bueno, la verdad que nunca relacioné el libro con mi casamiento.
- ¿Qué va a pasar con la fiesta y con el vestido?- pregunta la más callada de las chicas.
- Nada, todo eso se pierde.
- Uy, que horrible- dice ella.
- La mayor parte de la plata la habían puesto los padres de Gretel.
- ¿Ellos ya saben?- pregunta la casada.
- No sé, creo que no.
- Te van a matar.
La estudiante de Letras me defiende.
- No le digas eso, pobre Germán, mirá como está, hecho una piltrafa. Encima vos revolviendo la herida.
- Yo sé por qué se lo digo. Cuando yo me iba a casar fuimos en todo a medias, las dos familias. La fiesta, la música, el cotillón, el DJ. Y entonces pasó lo de los centros de mesa. Los iba a hacer la prima de mi marido, pero se enfermó (convenientemente, para mí). No había tiempo y había que comprarlos. El problema era ¿quién ponía la plata? ¿Mi familia o la familia de Eduardo? Para mí tenía que ser la familia de Eduardo, porque era su prima la que se había enfermado. Pero mi querida suegra me dijo que ya habían gastado un montón de guita en la fiesta, y que algunos hasta habían tenido que pedir un crédito para los regalos de casamiento. ¿Quién sacó la tarjeta Visa que solo tengo guardada para emergencias? Yo. Por dos días no le hablé a Eduardo. A la prima ni siquiera le dejé conocer al bebé.
Se ve que mi cara refleja algo de susto, porque enseguida se corrige:
- Bueno, no te preocupes. En todo caso podrías devolverle algo de la plata.
- No tengo tanta plata como ustedes piensan.
Todas se quedan calladas. Se ve que piensan que un muchacho que vive en Recoleta, es del PRO y usa pantalones Calvin Klein originales tiene la máquina de fabricar billetes.
-En realidad yo no tengo mucha. Mis viejos si tienen, pero mi viejo en esta no me va a cubrir (y menos si se entera que la causa de la ruptura es que Gretel me engañó). Podría vender el auto; eso algo cubriría.
- ¿Cómo que algo? Tu auto es importado.
- Solamente la wedding planner fueron diez mil dólares.
- Es una locura.
- El problema es que la familia de Gretel tiene más plata que la mía. Y más influencia en el círculo de amigos en el que nos movemos.
- Es un problema- dice la estudiante de Letras, con un suspiro.- Que suerte no tener plata.
- El departamento me lo compraron mis viejos. Podría venderlo.
- Podrías portarte mal- me dice la que trabaja en un mercadito.
- ¿Qué querés decir?
- Podrías dejar de ser tan buen partido. Unas noches de alcohol y excesos, unas fotos en las revistas con la camisa desabrochada, tocándole el culo a alguna mina. Y por ahí tu familia política empieza a pensar que no sos el hombre correcto para su hija.
No es tan mala idea.
- ¿Alguna de ustedes me podría ayudar en eso?
Se quedan todas calladas.
- Yo te presto las camisas sucias, si querés- me dice la casada. - Pero acá somos todas chicas trabajadoras. En el barrio nos mirarían mal si nos mezcláramos con gente como ustedes. En realidad, nosotras miramos sus fotos en las revistas para reírnos de como derrapan. Es una cuestión de imagen, sabés. Disculpá. Pedíle ayuda a tus amigos.
- Pero si mis amigos son iguales a mí.
- Bueno- dice la de Letras- entonces pedíle ayuda a tu hermano. Por el olor que a veces tiene cuando pasa por acá, se nota que para él derrapar no es ningún problema.
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