miércoles, 19 de marzo de 2014
La muerte de un rey. 20º parte.
In the sepulchre there by the sea,
In her tomb by the sounding sea.
Edgar Allan Poe
Tiffanny, Delta del Kraken
Madre, estamos cansados de custodiar la tumba de Oregon, dijeron sus hijos y se marcharon. Uno estaba ahora en los calabozos del Rey. El otro vagaba por el desierto desde hacía treinta años. Sabrán cuidarse solos, dijo Tiffanny y los dejó marcharse.
Deberíamos atacar, le dijo la undécima general a Sarar.
Arrasemos con sus miserables palacios de nada y quememos sus efigies. Reguemos de sal sus tierras. Son monstruos.
Sarar se quedó callado.
¿Por qué has enviado a Eliza? le preguntó ella.
Tienes que cuidarla. Oregon...
Oregon está muerto, dijo Sarar. Igual que Amparo. Eliza me lo echó en cara, antes de marcharse.
Era una niña tan bonita, dijo ella. La mascota de mis hijos.
Extrañas la tierra, dijo Sarar. Eso es pura saudade, diría Jorginho.
El también extraña la tierra.
Ludmila y Penny están muertas. Mi marido está muerto. Nueva York, esa maravilla que amaba y donde crecí, es ahora un mar de lava oscura.
Hubiéramos sido tan felices aquí.
Si no fuera por ellos, dijo Sarar.
El idiota fue Henry. ¿Cómo no se dió cuenta que el planeta estaba habitado y lo que es peor, por seres iguales a nosotros?
Por culpa de él...
Debemos arrasar Cartago.
¿Qué dices?
Hubo un senador romano que odiaba a la ciudad de Cartago, a los fenicios en general. Cartago peleaba contra Roma, de vez en cuando. El senador estaba seguro que el día que Cartago fuera destruída los problemas de Roma acabarían. Y terminaba cada discurso con la frase: y digo que Cartago debe ser destruida.
¿Que ocurrió con Cartago?
Fue arrasada. Quemaron sus efigies. Regaron de sal sus tierras. Pero los cartagineses sobrevivieron.
Ellos también sobrevivirán.
No cambiaré de idea, dijo la undécima general. Si no fuera por ellos... Oh, en realidad la culpa de todo la tuvo la máquina.
Nosotros creamos la máquina.
Todos nosotros somos culpables. Eso fue lo que me dijo Eliza antes de marcharse y abandonarme definitivamente. ¿Sirve odiar ahora? Quizás sí; es lo que has hecho tu, lo que ha hecho Melinda, lo que he hecho yo. Lisbeth se compadeció de ellos. No son monstruos, me dijo. Mira a este niño.
Le hubiera pegado ese día. Siempre fué una niña malcriada.
He hablado con Dion, el mestizo. El nos ayudará. El también los odia. El sí que arrasaría sus tierras, si pudiera.
¿Por qué no lo hace?
Porque no es uno de los Mil.
La undécima general abrió una garrafa de ginebra. Se sirvió un vaso.
No sé porqué eres general.
Porque era un asesino. La gente solo confía en los asesinos cuando todo está perdido.
Y en los ladrones, dijo Tiffanny.
Aún estás orgullosa de lo que hiciste, dijo Sarar.
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