viernes, 14 de marzo de 2014

Anthony Bourdain

Si algún día escribiera un libro de cocina sería un fracaso. Amo la cocina: es una de mis pasiones favoritas, desde que de chica recortaba las recetas de Blanca Cotta del Anteojito (aunque también Narda Lepes es una genia, a su manera). Dicho esto, odio los restaurantes. Odio esperar que el mozo me sirva la comida, odio tener que pagar la cuenta. Cuando como afuera de mi casa, voy a lo seguro: empanadas, papas fritas, choripanes, Coca Cola y Cerveza. Tengo un par de restaurantes a los que voy siempre, porque cocinan bien. Por eso me gusta Anthony Bourdain; porque es una gran demitificador del arte del buen comer. La gente que habla de "tecnica culinaria" es la misma que dice que el último gran músico clásico fue John Cage. No dudo que Ferrán Adriá sea un genio, pero nunca haría cola para entrar en el Bulli. La gente que va a los restaurantes no es gente con hambre, es más, es gente que piensa que no tener hambre es un mérito. Por eso prefiero a el dueño del carrito de choripanes, que tiene cuatro salsas secretas, secreto de la casa. Es la misma clase de persona que cuando habla cita fuentes "Lo dijo el New Yorker", "Según Oprah", "Escribió Mailer en el New York Times". Eso en mi barrio se llama chusmerío, pero se ve que en la gente de clase alta se llama cultura. Pero volviendo a Anthony Bourdain ("a un cocinero no le hacen falta diez cuchillos, sino uno o dos afilados" dijo y mi pequeño corazón de matrera se sintió identificada), nunca me voy a olvidar cuando lo ví viajar a Filipinas para probar un cochinillo dorado a las brasas y se complotó con su amigo para comer el primer trozo, que es siempre el mejor. Es indudable que somos almas gemelas.

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