lunes, 17 de marzo de 2014

La oscuridad donde antes había un bosque


                                                                          A Thomas Harris

La culpa de todo la tuvo mamá. Papá en esa época viajaba mucho. Ahora viaja un poco menos, pero esos años eran malos realmente. Mamá, para consolarnos un poco a mí y a Tilly (sobre todo a Tilly, que tenía dos años menos que yo, era realmente una niñita) nos leía cuentos de hada. Había algunos con princesas, con Tinkerbell, con brillantina; yo vomitaba de solo verlos. Luego mamá le peinaba el cabello a Tilly y nos apagaba la luz y ambos nos dormíamos.
En uno de esos libros apareció el unicornio. Era muy bonito, tan bonito que le ganaba con mucho a los Pequeño Pony que mi hermana coleccionaba. No sé donde había comprado ese libro mamá, pero Tilly y yo nos pasábamos horas mirándolo, incluso cuando mamá no estaba y nos dejaba al cuidado de Priggy Plain, la cruel, nuestra niñera. Pero lo más lindo del libro era sin duda el unicornio y la leyenda que venía debajo: "para cazar un unicornio solo hace falta una niña de corazón puro". Desde que Tilly leyó esa frase se le metió en la cabeza que teníamos que cazar un unicornio; yo intenté disuadirla, pero ya se sabe como son las niñitas pequeñas.
La cuestión fue que Tilly convenció también a Meg. Meg era su mejor amiga, a pesar de tener un año más que ella. Había repetido el curso, no porque fuera tonta, para nada, sino porque su padre había estado muy triste cuando su madre había muerto en un tiroteo en el mall. Todos cuidaban a Meg; los compañeros de curso, las maestras, hasta el director Howard sonreía cuando la veía. Era una de las chicas más lindas de la escuela, con sus vestidos amarillos y rosas y sus calzas azules. En algún cuaderno tengo alguna foto de ella.
"Mira Meg" decía Tilly "solo hace falta una niña de corazón puro. Nosotras dos somos niñas y tenemos el corazón puro. Por lo menos eso dice el reverendo, cuando vamos a la iglesia." Es inútil discutir con las niñitas y decirle que los unicornios y las hadas no existen y que los cuentos de hada son sólo cuentos de hada. Cuando le decía eso Tilly se largaba a llorar y mamá venía a consolarla y me decía que era el chico más malvado del mundo. Entonces yo me iba al altillo a leer historietas.
Nosotros vivíamos en el barrio Netwark. Pero Ham y Greg vivían en lo que nosotros llamábamos "El bosque". No era exactamente un bosque, decía mamá. Cuando ella era pequeña era un bosque. Ahora habían talado la mayoría de los árboles, las mariposas y las abejas habían desaparecido, y era casi imposible encontrar allí un mamífero que no fuera una rata. La casa de Ham y Greg era vieja y su madre también era vieja; solo tenía de hermoso los ojos y las manos. Después era delgada y nerviosa y cuando volvía de trabajar se sentaba en el porche a fumar con su marido, cosa que a mamá le parecía terrible. "No es tan terrible", decía papá, "y recuerda que el viejo Cohen es veterano de guerra". Y allí mamá se callaba, porque las razones de papá a veces eran mejores que las de ella.
No sé como Ham y Greg se hicieron nuestros amigos. No había muchas razones. A veces iban a la iglesia, pero a veces no. En la escuela no les iba bien, pero tampoco mal. Iban un poco más sucios que el resto, pero eso en realidad era cool. Ham a veces fumaba cigarrillos. Eso sí que era impactante. En realidad creo que se hicieron nuestros amigos porque a Ham le gustaba Meg y como Tilly y yo éramos sus mejores amigos, no le quedaba más remedio. El pequeño Greg nos era muy simpático y siempre se estaba metiendo en líos. A Ham lo fastidiaba un montón. "Quitate de ahí, saquito de pulgas" le decía. Como nos reíamos los cinco en el bosque o en lo que había sido un bosque. Nuestra madre y el padre de Meg nos dejaban jugar hasta las cinco, antes de que oscureciera, y entonces toda la diversión se terminaba.
Ahora aparece la señora Schneidder. La señora Schneidder también vivía cerca del bosque, y su ocupación era ser madre sustituta. Siempre tenía un montón de niños en su casa, y creo que los trataba bastante bien, o eso al menos sostenía mi madre. A veces los niños encontraban un hogar permanente; a veces se fugaban y la asistenta social los traía y la señora Schneidder los retaba, pero no demasiado. Los domingos hacía grandes barbacoas en el patio para sus niños y eso olía delicioso. Mi mamá no sabía hacer barbacoas, y mi papá tampoco. En esos domingos yo y Tilly soñábamos con ser hijos adoptivos. Conocimos a Piggy después de una de esas barbacoas.
Piggy tenía solo cinco años. Era de piel oscura y de ojos dorados. Tenía un pelo negro y enrulado que era la envidia de Meg y de Tilly, que eran rubias. No sabía bien como había llegado a la casa de la señora Schneidder. "Mi casa" nos decía cuando le preguntábamos "mi casa anterior era blanca y grande y había una señora muy grande y negra que cocinaba y una señora pelirroja que cosía. Y había un bosque muy oscuro, muy oscuro cuando uno entraba alrededor de la casa". Era tan divertida como Greg y pronto la adoptamos como mascota. La señora Schneidder era más estricta incluso que nuestra madre en cuestiones de horario, pero Piggy era su debilidad y prefería que estuviera con nosotros antes que llorando en el comedor porque Timmy Brown (que era el diablo) le había roto los libros de la escuela.
Mi hermana Tilly, que era tonta como todas las niñas, tenía un montón de vestidos. Nunca se deshacía de ellos. Algunos ya no le quedaban, pero cuando mamá decía que había que donarlos a la iglesia mi hermana lloraba y hacía muecas y mi madre cedía. A veces me parecía que mamá quería más a Tilly que a mí, porque mi ropa si la donaba a la iglesia, pero yo no iba a comportarme como una niñita. Había uno que le gustaba en particular, porque era blanco y violeta y porque papá había dicho que le quedaba muy lindo. Lo usó hasta los siete años, y luego no le entró más, pero lo tenía guardado en su ropero y a veces se lo ponía sobre la ropa. Yo me reía de ella cuando hacía eso y ella me sacaba la lengua.
Un día que mamá no estaba Greg, Ham, Piggy y Meg fueron a nuestra casa. A Greg y a Ham les mostré mi colección de Transformers auténticos y los video juegos de Play Station. Los dos dijeron "Guau". Tilly le mostró a Piggy sus Barbies y sus Pequeños Pony y le regaló un sticker de Bella que ella juró pegar en su lonchera. Luego abrió su ropero y sacó todos sus vestidos. Los viejos, los nuevos, los rotos. A Piggy le encantaron. Sobre todo le gustó el vestido preferido de mi hermana, el blanco y violeta. Se lo puso y le quedaba que ni pintado. Dio vueltas por nuestra habitación y nos pareció a los cinco, por un momento, una hechicera. Después fuimos todos a la cocina y tomamos chocolatada. Cuando llegó el momento de que ellos se marcharan (porque mamá ya estaba llegando) Piggy se largó a llorar porque no quería quitarse el vestido. Tilly le dijo que se lo prestaba por un rato, y Piggy sonrió y volvió a la casa de la señora Schneidder.
El domingo, después de la iglesia, fuimos todos a cazar un unicornio. No sé cómo, pero Tilly los había convencido a todos de que los unicornios existían, incluso a Ham y a Greg, que no eran nada tontos. "Solo se necesita una niña de corazón puro, dice el libro" repetía mi hermana y yo me decía para mis adentros que como podía tener una hermana tan estúpida. "Meg, yo y Piggy somos niñas" repetía. Nos adentramos en el bosque. Un escuerzo rozó la zapatilla de Greg y el gritó. Los árboles estaban más oscuros que de costumbre y había mucha sombra, aunque quizás se aproximaba una tormenta. Piggy usaba el vestido blanco y violeta; Meg se había puesto un sombrero azul, no sé por qué y Ham la miraba a cada rato. Yo también estaba un poco enamorado de ella, pero es un poco raro estar enamorado de la mejor amiga de tu hermana, que tiene un año menos que uno.
Entonces ocurrió lo que voy a contarles. Apareció una mata de zarzamoras. Aquí no hay zarzamoras desde hace años, desde antes de que mi madre naciera. Piggy y Greg sonrieron y se pusieron a comer. El resto de nosotros no lo hizo, porque nos íbamos a manchar la ropa y porque no reconocíamos el lugar. "¿Nos perdimos?" me preguntó Tilly y yo no supe que responderle. Conocíamos el bosque perfectamente, pero no ese lugar. Todos, excepto Piggy, que con su vestido blanco y su velocidad se adentró corriendo en un lugar que no podíamos ver claramente.
Tilly, Greg y Ham dijeron después que no vieron nada y lloraron. Yo y Meg dijimos lo mismo, pero no lloramos delante del aguacil. Ese día dejamos de ser amigos con Meg y no exactamente porque nos hayamos peleado, como nuestra madre y el padre de Meg suponen. Pero yo sé que ella vió y que yo ví la luz tenue, como de luciernaga, la mano de Piggy acercándose, las crines levemente rosadas. Nunca hablamos de ello con nadie. Mucho menos con la policía. Mucho menos con los adultos. La señora Schneidder se preocupó y lloró mucho y nuestra madre también y por un tiempo no salimos a jugar. Pero el tiempo pasa y la normalidad volvió a nuestra ciudad. La señora Schneidder olvidó a Piggy, porque tenía otros niños que atender. Nuestros padres olvidaron a Piggy, porque Piggy era solo una niña de cinco años, huérfana, que no se sabía bien de donde venía. Ham y Greg olvidaron a Piggy. Hasta Tilly olvidó a Piggy, y ahora solo recuerda levemente su vestido, blanco y violeta, tan lindo, con el que papá decía que se veía como una muñeca. Meg empezó a vestirse como una señorita, y tiene celular y estudia comedia musical. Solo yo pienso a veces en ella, y a veces abro el libro que mi madre compró y miro fijamente el dibujo, que es tan diferente a lo que ví en la oscuridad donde antes había un bosque.

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