Ni Danae ni Persefone bajaron a cenar. Los cuatro hombres cenaron solos, en un silencio casi incómodo, interrumpido solamente por el roce de las servilletas y el rumiar de los dientes. Era como si estuvieran masticando una conversación: Adrián hubiera querido hablar con su amigo, pero el amante de este lo miraba con sospecha. "¿Pensará que fui el anterior de Facundo?" se preguntó. Quizás Facundo había hablado de más, quizás alguna noche de borrachera y de confesiones le habría contado de sus aventuras sexuales previas e Ismael se había imaginado el resto. Era extraño verse celado por un hombre que amaba a otro hombre. Un laberinto de miradas interrumpía la cena y Adrián imaginó que luego de esta Facundo e Ismael subirían nuevamente a su cuarto, quizás se gritarían algunas palabras, luego se acostarían (quizás hubiera sexo también, quizás la relación de ellos era puramente sexual y entonces el tenía alguna posibilidad). A la otra mañana amanecerían entrelazados o no. Si los celos de Ismael desbordaban, el podría salvar a su amigo de una relación evidentemente perjudicial, que le carcomería la vida, o lo que Adrián daba a llamar hasta ahora vida. En realidad, se preguntó a sí mismo un poco irónicamente, ¿que podía hacer? ¿Una intervención familiar? ¿Llamar a sus conocidos y a sus amigos y decirles que Facundo estaba en peligro porque se había enamorado de un boxeador? ¿No era el colmo del rídiculo? Lo único que conseguiría sería risitas escondidas y escándalos visibles, pero la realidad porteña y de clase alta también estaba llena de gays, de maricas y de travestis. La diferencia era que aquellos tenían glamour, hacían juegos de palabras irónicos y se vestían bien. A Ismael probablemente le habría costado más decidirse por Facundo, que Facundo por él. El que lo hubiera hecho probaba que el boxeador, de una modo tosco y singular quizás, quería realmente a su amigo.
- Ahora traigo el postre. Bananas y naranjas. - dijo Martín. - Dentro de un rato vienen las chicas.
Perséfone bajó primero. Estaba vestida de rojo ahora, y parecía recién salida de un capullo húmedo.Después bajó Danáe. Ella también rezumaba una humedad extraña, porque no era de agua, sino de una sustancia pegajosa, como la miel o el azúcar líquido. Danáe se sentó al lado de Martín. Perséfone al lado de Adrián. Olía a algo que no pudo descifrar (¿azhar? ¿pomelo?).
- ¿Por qué no bajaron a comer?- le preguntó.
- Nosotras nunca cenamos- dijo Perséfone. - No nos gusta.
Siguieron callados un buen rato. Adrián preguntó, solo por la fuerza de la costumbre:
- ¿De dónde son?
- Somos de por acá cerca- contestó Danáe. Era la primera vez que le oía la voz; sonaba como la de una mujer que hubiera estado durmiendo largo rato y aún siguiera en la duermevela.
- ¿Cómo lo conocieron a Facundo?
- Lo conocemos desde siempre- dijo Perséfone.
- No es cierto- dijo Adrián. - Facundo nunca me habló de ustedes.
- No- dijo Facundo- es cierto, pero son mis parientes lejanas. Una rama de la familia empobrecida: malas elecciones económicas, chacras arruinadas. Ya sabes.
- Nada peor que la pobreza.
- Como en las novelas de Henry James.
- O de Edith Warthon. Bancarrota, dolor y muerte. The House of Mirth.
- Algo así.
- ¿Quién es Edith Warthon?- preguntó Ismael.
- Una escritora norteamericana.
- No la conozco.
- Es buena, algún día...- empezó Facundo.
- Sabés que yo no leo los libros que me prestás.- interrumpió Ismael, y se levantó de la mesa para salir afuera, y tenía algo de gigante sombrió y patético que a Adrián, sin querer, lo conmovió un poco.
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