miércoles, 19 de marzo de 2014
Juan José Saer
No conocí a Saer. Conozco a gente que si lo conoció: Martín Prieto, director del Diario de Poesía e hijo de uno de los mejores amigos de Saer, Adolfo Prieto. Después de su muerte hubo un encumbramiento de su obra y de sus preferencias, sobre todo con la figura de Juan L. Ortiz, que sin duda era un gran poeta. No toda su obra me gusta; hay algunas novelas que son casi ilegibles, y no soy de la clase de lectora que considera eso un mérito. Sin embargo, "Cicatrices" y "Glosa" son dos novelas duras y perfectas, como pocas novelas argentinas. En la literatura argentina abunda la sangre desde que Echeverría escribió "El matadero", pero las muertes de Saer son diferentes a otras muertes. Hay una conciencia filósofica en Saer que no aparece casi en ningún otro autor argentino, por más que se lo busque. La mayoría del resto de los escritores argentinos parecen escribir desde el rencor (hay honrosas excepciones) y sus muertes literarias son muertes deliberadamente dramáticas. Como ocurre en la vida, las muertes de la literatura de Saer no tienen ningún propósito. Los personajes mueren desprovistos de sentido. No hay zonas en Saer; Saer describe un mundo que conoce, y lo hace con generosidad y sin crueldad alguna. No justifica su literatura; su literatura existe para contar el mundo plano y chato del sur santafesino de finales del siglo XX y en ese trabajo literario es un poco Proust. El tiempo perdido de los hombres del litoral, podría llamarse su obra completa, y es al mismo tiempo una delicia y una tragedia.
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