viernes, 21 de febrero de 2014

Un aire de familia. Samuel

La boda fue casi perfecta, aunque la madre de Samuel siempre dijo que con lo gastado en ella podían comprarse diez gallinas y dos cerdos en buen estado de salud. Al resto de los asistentes los gastos no le importaron demasiado, principalmente a la familia de Hannah, porque tenían un poco más de dinero (y cinco hijas casaderas). La única discusión importante surgió cuando hubo que definir si la iba a realizar el rabi del pueblo o solo el juez de paz. La familia de Samuel eran estrictamente ortodoxos en la mayoría de sus rituales, mientras que la familia de Hannah era liberal y con ciertas tendencias socialistas que hacían que en el lugar se murmurara de ellos en voz baja. "Si existe Dios" solía decir el padre de Hannah en un suspiro "que nos salve del invierno". Excepto por esos deslices impíos, todos apreciaban al profesor Goldberg, que sabía más de Heráclito, de Platón y de Cicerón que de la Torah. Finalmente arreglaron que el rabi participara de la boda, principalmente porque era primo tercero de ambas familias y solo tenía veinticinco años. Era la primera boda que oficiaba, se equivocó varias veces y se emborrachó al final, pero fuera de eso todos sintieron que lo había hecho muy bien y le dieron palmaditas en el hombro y la más pequeña de las hermanas de Hannah le dió un beso. Se casaron tres años después.
El casamiento hizo feliz a Samuel e infeliz a Hannah. Tuvo que ir a vivir con su suegra, que tenía teorías sobre todo (desde como cultivar patatas hasta como despiojar niños), y la obligaba, noche y día, a cocinar latkes y latkes hasta que el mero olor de uno la hacía vomitar. Por la tarde, mientras Samuel trabajaba en la imprenta del pueblo, iban las dos a lo de sus hermanas solteronas y costureras, que recordaban historias decimonónicas, de mujeres abandonadas por sus novios o por sus esposos, de novios o esposos muertos en la guerra, de fantasmas de niños muertos, de demonios judíos, del viejo rabí muerto que era mucho mejor que ese chiquilín caprichoso y enamoradizo que había ahora. Pronto Hannah quedó embarazada, y todo fue mucho peor; ahora su suegra y el coro de hermanas opinaban sobre el futuro bebé, sobre si sería niña o niño, sobre si sería sano. Algunas noches, Hannah deseaba huir de allí; si no lo hacía, era porque se sabía cobarde, como casi todas las mujeres. No conocía más seguridad que la de una lumbre y algunos cuartos.

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