miércoles, 12 de febrero de 2014

Sobre el arte queer y otras novedades del mundo intelectual

Partamos de un principio: la homosexualidad es tan vieja como el hombre. Lo novedoso de estos últimos cuarenta o treinta años es su visibilización. Antes estaba tapada con tabúes, pastillas, leyes y closets del tamaño del Imperio Austrohúngaro. Aún hay gente que sigue diciendo que Manuel Puig o María Elena Walsh eran grandes artistas, "lástima que fueran gays". Es un prejuicio mayormente femenino, que los hombres adoptan por pereza. A las mujeres los gays y los curas nos desesperan porque no podemos casarnos con ellos, porque para cualquier mujer, aún la más inteligente y desprejuiciada, aún existe el mandato de ser "la mujer de". La verdad es que el arte queer (más aún que sus estudios) han dado muestras sobradas de la capacidad comunicativa de una comunidad que estuvo invisibilizada durante siglos. Queen, Morrisey, Scissors Sisters, en la música, el citado Manuel Puig en el terreno de la literatura, tantos actores y actrices que son verdaderos, como el gran Pepito Cibrián, que desde que era un crío apostó por la comedia musical argentina cuando todos se reían de él. En el terreno de las artes plásticas ni hablar; sin el arte queer no hubiera habido vanguardias en los finales del siglo XX. No se puede llevar nunca el arte al terreno de la moral, porque allí el artista pierde siempre. Y cuando pierde el artista, los que realmente amamos el arte, sabemos todo lo que se pierde. Juzgar a alguien por su condición sexual queda para las religiones, que ya sabemos todo lo que han hecho a favor de la humanidad. Siempre hay alguna Guerra Santa que hay que librar en base a algún versículo; yo prefiero leer "Boquitas Pintadas", o "El beso de la mujer araña", o pensar en el gran José Bianco, que escribió "Sombras suele vestir" mientras era secretario de Victoria Ocampo.

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