sábado, 1 de febrero de 2014

La muerte de un rey. 10° parte.

                                                                                 San Salvador de Bahía, 2015, Jorginho

                                                                                  Unos días sí, otros no,
                                                                                  estoy sobreviviendo sin un rasguñón,
                                                                                  por la caridad de quién me detesta.
                                                                                                        Cazuza. El tiempo no para.

Le habían disparado en un pie y en el costado izquierdo. La herida del costado no sangraba mucho (probablemente sería un perdigón) pero la del pie dolía muchísimo. Se me va a infectar, pensó, y me voy a morir como murió mi tío. Recordaba los últimos días de su tío, con la pierna infectada y volando de fiebre, cantando canciones de Rita Lee. No tenía ni veinte años, no quería morir, pero quién iba a atenderlo siendo  un ladronzuelo de casas. La única que a veces lo ayudaba era la Mai de Santo del culto de Oxalá, pero ahora incluso ella era una mujer muy vieja, que casi no salía de su cama. Tenía en su bolsillo un cuchillo y el rosario que le había dejado su madre antes de irse a Rio de Janeiro. La herida le dolía cada vez más y cuando miró su pie vió que lo tenía prácticamente destrozado. No quiero que me lleven a la cárcel, pensó. La cárcel era el horror ya conocido. Voy a luchar contra la policía y a obligarlos a que me maten, pensó, pero en realidad no quería morir, sino que quería ver de vuelta la Iglesia donde su tío lo llevaba de chico y el mar y a las mujeres negras rindiéndole culto a Yemanjá. Yemanjá, señora de las aguas, sálvame, Yemanjá, dijo y entonces vió una puerta abierta en un callejón estrecho y sin saber que hacía se metió.
Dentro de esa casa los muebles eran muy pequeños. Estoy soñando, pensó, estoy soñando, me he metido en un cuento.
Hola, le dijo un hombre muy bajo. Que haces aquí.
Le quedaban pocas fuerzas para mentir. Intenté robar en una panadería del centro, de esas para el turismo. El dueño sacó su arma y me disparó.
Oh, dijo el hombre bajo. Le miró el pie. Te han destrozado el pie. No creo que puedas volver a caminar normalmente. Voy a curártelo.
Soy un ladrón, le dijo él, no me escuchaste. No confies en mí.
Siempre he confiado en la generosidad de los extraños, dijo el hombre. Mi nombre es Enrique. Sacó alcohol y gasas de un gabinete. Era historiador de arte, sabes. Me enamoré de una mujer; ella me rechazó porque era muy bajo. Me rompió el corazón, pero no del todo. Un amigo mío me invitó a venirme a vivir a Bahía de todos los Santos y aquí conocí al amor de mi vida, una viuda joven y hermosa. No tuvimos hijos; ella murió hace dos años. Hace dos años que estoy paseando por las playas de Bahía y por los cielos del hemisferio sur, buscando planetas nuevos.
Por que planetas nuevos, preguntó Jorjinho.
Porque me dan esperanza, le contestó Enrique. Tomate estos calmantes, voltean un caballo, te harán bien.Me gusta la astronomía y las mujeres del Renacimiento y en esta ciudad puedo disfrutar de las dos cosas.
Oh, sí, las mujeres de esta ciudad, dijo el ladrón.
He descubierto un planeta extraño, dijo Enrique, muy parecido a la Tierra cuando nació, cuando éramos una gran Pangea y los continentes no estaban separados.
Es cierto eso, preguntó el otro, adormeciéndose.
Sí, es cierto. Le he escrito a mi amigo Sarar acerca del planeta y el se interesó demasiado, incluso me giró una gran cantidad de dinero. No sé por qué, pero Sarar es así.
La generosidad de los extraños, pensaron ambos.
Me duele mucho el pie, dijo el ladrón. Creo que me voy a morir pero es bueno hablar con un hombre tan culto antes de morirme.
No creo que vayas a morirte, dijo Enrique, riéndose. A mí no se me partió el corazón del todo cuando aquella mujer se murió. Yerba mala nunca muere.

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