Diario de Amalia
Llega el gran día (para Patricia). Tarda dos horas en salir del baño, se cambia veinte veces de ropa, se pone treinta litros de Anais Anais. Al pedo: siempre que salgo con Patri, yo salgo perdiendo y ella gana, y esta cita es la mejor prueba. A ella le toca el solterito del PRO y a mi me queda el amargado divorciado de Alberto, que parece que encima tiene un pibe. Ya sé que la amistad entre mujeres es algo sagrado, pero pobre de mí. Voy a tener que escuchar anécdotas del hijo toda la noche, quejas de las ex mujeres, mientras va emborrachándose y extraviándose y al final va a querer acostarse conmigo. A pesar de que me hayas defendido cuando tenía doce años y desde ese camión me gritaron gorda ("que gritás, gilún" contestó la Patri, y desde ese momento fue mi mejor amiga), en este momento la odio.
Llegamos al pub, que está entre Palermo Hollywood y Palermo Soho. Patricia entra con su mejor aire de valkyria desterrada; yo entro deseando que en algún momento suene la alarma antihumo del local y aparezca la Metropolitana, los Bomberos, la Guardia Civil o Gabriela Michetti diciendo que el lugar es peligroso y tenemos que irnos todos.
Ellos ya están sentados, adelante de una botella de whisky. Está vacía por la mitad. Las cosas empiezan mal, pero Patri no se da cuenta de nada. Entonces se agacha (porque la muy guacha encima es alta) y me dice, por lo bajo: le escribí un Face a Julián diciéndole que tengo una cita con Alberto.
- ¿Vos estás loca?- le digo yo en voz alta.
- Estaría loca si no le escribiera nada. Además, una cita con Germán al idiota ese no le dolería nada. En cambio, con Alberto... Cuanto querés que te juegue que en media hora se aparece en el pub con Monique. O con otra.
Nos sentamos a la mesa y pedimos dos Manhattan. Otra que Samantha y Carrie. Empezamos a hablar de boludeces (trabajás, estudiás, que películas de Oliver Stone te gustan). Así pasa media hora, casi clavadas y entonces, por la puerta, entra Julián con Monique.
Se dirige directamente a nuestra mesa.
- Hola, que tal.- dice él.
- Hola- dice la francesa. Sin acento.
- Hola- dicen Patricia y Germán. Alberto y yo no saludamos.
- ¿Puedo sentarme con ustedes?- dice Julián.- Es bueno encontrarse con tan viejos amigos.
Yo estoy a punto de clavarle la botella de whisky en la cabeza, pero la hija de puta de la Patri me mira y le dice:
- No, mi amor. Justo estábamos diciendo que este bar está ideal para que vos cuelgues tus cuadros. Los que me mostraste el otro día, en tu casa. Andá a hablar con el dueño del pub, seguro que te da una mano.
Julián se pone rojo. Es evidente que su falta de honor a la hora de andar con minas no es uno de sus puntos débiles, pero sí lo es su escaso talento artístico. Empieza a balbucear unas extrañas palabras, que esconden una puteada inmundísima dirigida a todos nosotros (sobre todo a Patri, que se le va a hacer). Abraza a Monique y se va hasta la barra, donde pasa toda la noche mirándonos con ojo crítico y bebiendo vodka.
- Que se joda- dice Patricia y todos nos matamos de la risa. - Se ha mandado tantas. Hace seis meses que salgo con él, no se por qué, porque solo me llevó media semana comprobar que es un idiota. Hijo único, que querés que te diga. La carrera de contador es muy difícil, voy a estudiar pintura en el atelier de no se quién. Vos no entendés mi filosofía de vida. Mi primera novia me arruinó la vida, la segunda también, la tercera era una loca desquiciada que quería que consiguiera un trabajo... Si te quiero es porque sos mi amor mi cómplice y todo, me mandaba siempre por Face mientras yo estaba trabajando en la gerencia del banco.
Entonces Germán, que no ha dicho casi nada en toda la noche, pregunta:
- ¿Eso te mandaba?
- Es la frase de cabecera de Julián para el enganche- dice la Patri, y entonces Germán, su cita del PRO, sale del pub corriendo. Todos nos miramos. Vuelve a los quince minutos, todo colorado.
- Tenemos que irnos, Alberto.
-¿Por qué? - pregunta su hermano.
- Acabo de hablar con Gretel. Tenemos que irnos- casi está llorando, pobre chico. Patri y yo nos miramos (ni idea de quién es Gretel), pero nos da tanta lástima que le decimos que sí, que se vaya.
Yo suspiro un poco aliviada (con mucho disimulo), y salimos todos del bar junto. "Vamos a reirnos cuando salgamos por la puerta" me ordena la Patri, y yo le hago caso y cuando salimos del bar nos reímos como locas ante la mirada odiosa y alcoholizada de Julián.
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