lunes, 3 de febrero de 2014

De los Julios y las Julias que viven en mí.

Los hilos de la virgen, dice Cortázar en un cuento memorable, son también las babas del diablo. Cortázar es un afrancesado terrible, como yo cuando quiero y finjo que nada me importa excepto Flaubert y Maupassant. Aunque murió cuando yo era chica, sigo pensando en él como en el tio Julio, el que me enseñó a leer y a escuchar a Charlie Parker y a viajar por París sin tener un centavo. De el guardo el amor a Schumann y a Brahms y a la Maga, el cariño por las flores amarillas y por los adolescentes que mueren de apendicitis ante las lágrimas de su señorita Cora. Murió en el exilio, diría Borges, le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir. Muchos le critican que escribió malos libros: a Córtazar, si uno lo lee bien, no le importaba escribir buenos o malos libros, le importaba escribir. Fue uno de los pocos genios verdaderos del siglo veinte y eso no se lo perdonan la mayoría, sobre todo los estudiantes de letras que se encariñan demasiado del estructuralismo, de Saussure y de Umberto Eco. El peso del sujeto en la noción del objeto, dice en Rayuela y ahí el Julio da vuelta la trama, desarma para siempre el escenario, nos deja un poco como esa familia que inventa ocupaciones raras como llorar en velorios de desconocidos.  

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