miércoles, 12 de febrero de 2014

Pedro Almodovar

Primero quiero aclarar una cosa: como no soy Joaquín Sabina, nunca quise ser una chica Almodovar. Nunca quise ser la Saura ni Victoria Abril en "Atame". Pero uno de mis más nítidos recuerdos de la infancia es mi madre enfureciéndose y yéndose al cine a ver "¿Qué he hecho yo para merecer esto?". Yo nunca la ví; es más, siempre le tuve miedo a esa película. Si ví, cuando tenía doce, con mi madre, que me metió de contrabando en el cine (porque si con mi padre comparto muchas cosas, de mi madre heredé la pasión por los libros y por el cine) "Mujeres al borde de un ataque de nervios". Hay películas y películas; hay películas que uno ve porque las pasan por la tele y es sábado a la noche y algo hay que hacer y hay películas que queman la cabeza para siempre. "Mujeres al borde" fué una de ellas. De más grande (cuando ya entraba al cine solita) ví "La flor de mi secreto". "Quiero escribir novela rosa y me sale negra" dice Marisa Paredes en un momento, y en ese momento oscuro está toda la soledad de la mujer en el mundo. Al cine se va a pochoclear, a pasar un buen rato (no está mal), pero también se van a ver películas de alguien. De Coppola, de Scorsesse, de Woody Allen (otro que entiende a las mujeres como nadie), y de Pedro Almodovar. "La piel que habito", el último film de él que ví, es una obra maestra del horror genético; es erótica y terrorífica a la vez, como solo los españoles saben hacerlo (y a veces también los mexicanos). Ojalá hubiera más directores como el gran Pedro en Argentina, mujeres u hombres; las mujeres nos sentiríamos mucho más acompañadas.

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