jueves, 27 de febrero de 2014

Sobre la complejidad del feminismo en el siglo XXI

Es cierto lo que decimos todas: nuestras abuelas la tenían más fácil. El sueño de la mayoría de ellas era casarse con un hombre, tener hijos; alguna más arrojada era maestra (generalmente era señorita para toda su vida) o monja (porque curiosamente el destino religioso era una liberación intelectual para muchas mujeres). Las mujeres más atrevidas, que marcaron un camino, llegaron a ser médicas o abogadas o arquitectas, a pura fuerza de voluntad. Era muy difícil, para esas mujeres, ser profesionales y al mismo tiempo formar una familia. Algunas lo hicieron, pero casi siempre pertenecían a las clases altas.
Nuestras madres, en cambio, salieron a trabajar. La visión del trabajo es diferente para los hombres que para las mujeres; las mujeres sabemos (desde que nacemos) que el trabajo de la casa es nuestro porque así lo han impuesto leyes extrañísimas y patriarcales desde que el mundo es mundo. Incluso (esto se lo robo a una autora humorística inglesa) lo hemos adornado con una gran mística: nos imaginamos que la ropa debe lavarse de una determinada manera, porque sino nuestros ancestros nos castigarán con crueldad. Ni hablar de los hijos; un padre ausente no es nunca escandaloso, mientras que una madre ausente nos parece el colmo de la crueldad. El feminismo intenta romper con esa cultura del encierro, pero parece un poco difícil cuando casi cualquier mujer a la que entrevistan responde cuando le preguntan cual es su sueño: casarme y tener hijos. Lo cual es muy lindo, nadie lo niega, pero habría que avisarles a esas mujeres que los hijos no vienen con un manual de instrucciones. Que un hijo es un ser extraño y diferente a uno, que no piensa como uno, que no va a resolver la vida de nadie, que va a hacer su propio camino y que (sobre todo) no puede vivir en deuda eterna con la madre porque ella le haya dado la vida. Las mujeres deberíamos estar convencidas o mejor irnos convenciéndonos, de a poco, que un hijo (o varios) no es un destino, es una elección. Una elige ser madre, y de ahí en adelante se aprende. Me parece que los hombres y las mujeres que se escandalizan con las mujeres que no quieren ser madres, por decisión propia, están muy equivocados. No hay nada peor para un hijo que una madre que no quiso tenerlo. Los hijos se dan cuenta de todo, y sobre todo presienten mucho la falta de amor materno. Otro error que a veces cometemos las mujeres es tener hijos pensando que van a llenar todos los vacíos. Los hijos no son objetos y además son menores; sobreprotegerlos con la carga de decirles: "Vos sos mi vida", es volverlos nuestra descarga a todos nuestros problemas. Los problemas de adultos son problemas de adultos; es mejor resolverlos antes de decir "Voy a tener un hijo". La visión patriarcal del mundo (es triste decirlo) reside principalmente en las mujeres; criamos hombres y mujeres con una visión del mundo en la cual los hombres deben ser eternamente protegidos por mujeres criadas para proteger a los hombres y para engendrar. Los hombres mayores de edad pueden protegerse solos. Si se equivocan, deben pagar por sus errores. Sino siempre vamos a vivir en el siglo XIX, y vamos a ser eternas heroínas de Jane Austen a la pesca del conde indicado. Asumamoslo como mujeres; el hombre ideal no existe. No existe el esposo ideal, no existe el principe azul. No existían tampoco en otros siglos, es cierto, pero creo que ahora las mujeres nos estamos despertando a la dura realidad de vivir sin espejismos románticos.

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