lunes, 10 de febrero de 2014
Charla de café de Angélica Gorodischer
Me encontré con Robert Koldewey y estuvimos
conversando sobre varios temas. Sí, ya sé, querida señora, usted me va a
decir que no puede ser porque el señor Koldewey murió en 1925 y usted y
yo estamos en 2014; y yo, en vez de decirle que lo mío es una figura
literaria que nada tiene que ver con la realidad, le voy a decir que sí
que puede ser porque por qué no, ¿eh?, por qué no si al fin y al cabo
nadie sabe lo que es el tiempo y por lo tanto en una de ésas hay un
infundibulum cronosinclástico, Philip Dick dixit, y el Robert y yo
juntamos 2014 con 1920 o por ahí y nos vamos al Victoria y charlamos. Y
así fue, vea. Claro, una se encuentra con un tipo tan importante y lo
primero que atina a decirle es por favor cuénteme cómo era Babilonia. A
su juego lo llamaron: me contó, me teatralizó el tema, con ademanes e
inflexiones de voz, un lujo. Pero la cosa no quedó ahí, porque el buen
señor se entusiasmó y derivó hacia otros aspectos de Babilonia, perdón,
de Rosario. ¿Otra vez, querida señora? Pero por favor, un poco de
flexibilidad e imaginación, un poquito aunque sea. Sí se puede comparar a
Rosario con Babilonia, claro que sí, puesto que ambas son ciudades,
conglomerado de gentes que se han ido a vivir juntas por varias razones,
así que atención. Mi amigo, ya lo llamo amigo como usted ve, mi amigo
Koldewey entró a decir que él está seguro de que algún día Rosario será
como Babilonia. ¿Cuál?, pregunté. La de ahora, me contestó, un montón de
ruinas. Aia, dije. Pero eso sí, interesantes, más todavía,
interesantísimas, dijo él. Y siguió: Es el destino último de las
ciudades y hay que ver lo agradecidos que estamos los arqueólogos. Por
ejemplo, ¿qué vamos, en fin, digo, qué van a encontrar mis descendientes
cuando empiecen a cavar el montículo que oculta a la fiel villa de
Nuestra Señora del Rosario, ¿eh? Cachos de ladrillo, dije. Pero no, dijo
don Robert, paredes, dijo, quicios de portones y puertas, espacios que
fueron calles, construcciones que no sabrán para qué servían. Y siguió:
¿Sabe por qué van a encontrar todo eso y van a amar todo eso? Yo, muda.
Porque no morimos, dijo él. Porque seguimos estando en Babilonia, en
Rosario, en Chihuahua, Pitorreal, Krung-Trep, Noppharal, el desierto de
Suri-Tzang, donde sea, dejando nuestras huellas concretas y un algo
invisible pero audible, algo que nos consuela. Porque la muerte, querida
amiga, me dijo, es algo que, como el tiempo, carece de explicación y de
experiencia. ¿Pagamos y nos vamos? Yo invito.
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