lunes, 10 de febrero de 2014

La muerte de un rey 12º parte

                                                                                                  Nuestro primer sueño es una muchacha
               -siempre una muchacha-
     que camina por las calles de cristal
   de la clínica donde nació.

                                             Roberto Bolaño.

                                                                  Rilench. Recámaras del rey. 

Hola, dijo Rilench.
Hola, dijo el rey. ¿Te ha dicho Lisbeth como encontrar la máquina?
A mi no, se lo ha dicho a Arguil. Se ha reído al decirlo, es imposible entenderla. Los Mil son peligrosos y lo sabes. Es muy difícil adivinar su pensamiento. 
Ya lo sé, dijo el rey. Dime lo que ha dicho ella.
Debemos encontrar al cuarto y la quinta general. Entonces ellos nos lo dirán.
Parece fácil, dijo el rey.
Muy fácil. ¿Quién sabe algo del cuarto y la quinta general? Jorginho no nos ha dicho nada hasta ahora y hace cincuenta años que está en el calabozo. Me parece que la guerra contra los Mil es una guerra perdida. Además, han enviado a Eliza, según mis informantes o ella está viniendo por su cuenta.
Los ojos de Sarar. Sarar nunca se desprende de ella, a no ser...
Puede costarnos el reino. Nosotros damos combate, pero los Mil no mueren. No mueren nunca, y lo sabes. Ya sé que soy solo tu consejero, pero este reino se hundirá si no aceptamos que estamos vencidos de antemano.
He soñado con Eliza, dijo el rey.
¿La has visto alguna vez? preguntó Rilench.
Una sola vez, cuando vencimos en la batalla de Morpheus. Yo tenía catorce años, y ella estaba al lado de Sarar, erguida y brillante, como una joya. Un hombre negro, montado a caballo, la custodiaba.
Su amante, Argan.
Podríamos matar a Argan.
Rilench se calló durante unos segundos y luego explotó.
Argan es un mestizo, como Dion, como Juith, como todos nuestros esclavos y todos sus esclavos. Dion le está prestando ayuda a Eliza ¿sabes? Sabe que estamos buscando la máquina y nos odia por eso. Y con razón. 
Buscamos la máquina por el bien mayor.
Eso no existe, rey, y tú lo sabes. ¿Fué el bien mayor lo que hizo que tu madre se acostará con Dion y pariera a Juith, una niña de doce años que no sabe bien que hacer ahora? Sigues repitiendo las barbaridades que Olean dijo cuando regresó con nosotros, hace ya cerca de quinientos cincuenta años. Ellos curan las enfermedades, ellos no mueren, ellos son bondadosos. Las mujeres son superiores a los hombres. Ellos son dioses, nosotros no. Le hicimos una estatua en oro a Lisbeth y luego la secuestramos y ella aún se ríe de nosotros. Nos dice la ubicación de la máquina y se ríe de nosotros. No somos como ellos porque no podemos reírnos de ellos. A sus ojos somos monstruos u hormigas, algo que pasará, porque ellos saben lo que es desprenderse de un planeta, el planeta Tierra, el extinto.
Debería matarte por lo que has dicho, dijo el Rey.
Matáme, pues, y terminemos con esto.
No voy a perder al mejor consejero que he tenido y al padre de la primera heredera, dijo el Rey. Márchate, Rilench, por favor, debo dormir. Aunque sueño con Eliza y con Sarar.
Yo sueño con la muerte de nosotros dos en batalla, fue la dura respuesta del consejero, y se marchó. 

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