sábado, 1 de febrero de 2014

Los amores aéreos 2° parte

Vió la casa de su amigo. Había sido del abuelo , un hombre parco y reservado, como la mayoría de los hombres ricos del país, y buen padre de familia. Se había separado a los cuarenta y cinco años de la abuela de Facundo para casarse con una alemana fugada del Berlín nazi, bellísima. La abuela de Facundo paseó su rencor por todos los vínculos familiares posibles, desde sus propios hijos, hasta tíos, primos y personal doméstico. El ex marido no se inmutó; le dejó casi toda la herencia y construyó una casa al estilo Bauhaus, que desentonaba completamente en esa zona de casas country y estancias decimonónicas. Adrian recordaba haberse sentido algo desasosegado cuando visitaba a su amigo; la casa era fría y casi incómoda. Cuando el abuelo murió (viudo por partida doble, la alemana de un cáncer de útero, la ex esposa de una pulmonía) en el reparto de los bienes le quedó la casa a Facundo. Era, aparentemente, el menos valioso de todos los bienes y todos esperaban que lo vendiera, pero su amigo no lo hizo. Tampoco alquiló la casa; cerró la puerta, le puso alarma y se fue a Europa.
Un hombre alto, moreno y muy fornido lo esperaba en la puerta de la casa. "Vos debes ser Adrian" le dijo. El asintió. "Estamos en el fondo, en la pileta. Acomodate en alguna pieza y vení, que hace un calor bárbaro". La casa seguía siendo opresiva para Adrian, incluso ahora un poco más. Intentando no pensar en eso, fue hacia el jardín. Había dos tilos, una pileta en forma de riñón y cuatro reposeras. El hombre moreno resultó llamarse Ismael Fernández. Había otro, más delgado y de ojos verdes, que resultó ser Martín Fernández, hermano mayor del anterior. Una muchacha de piel muy blanca, ojos verdes y pelo renegrido leía un libro encuadernado en rojo. Adrian la miró. Ella sonrió. "Es El progreso del peregrino" le dijo "Mi nombre es Persefone". Entonces las aguas de la pileta se agitaron, y una muchacha dorada pero muy parecida a la anterior salió del agua. No saludó a Adrián, sino que se fue con Martin. El pareció reprocharle algo con la mirada, y ella se sentó junto a Perséfone. "Es mi hermana" dijo esta. "Se llama Danáe". Musas de tragedia, pensó él. Su amigo Facundo apareció entonces.
"Qué suerte que viniste. Tengo tanto que contarte" dijo su amigo. "Hace tanto que no sé de vos".
" Qué querés que te cuente. Estoy de novio con una chica que se llama Charlotte, las finanzas andan bien, tengo bastante dinero"
"Vida de bacán" dijo su amigo. "A mí tampoco me fue mal en la vieja Europa. Tuve una novia, Fracesca, la conocí en la Sorbonne".
"¿Y que pasó?"
" Otro día te cuento" Facundo lo miró. Estás casi igual, le decía con la mirada. Estás mas fornido, parecía decirle, y si antes de  su largo distanciamiento la tensión sexual entre ambos era una posibilidad, ahora era algo concreto y posible, un mínimo resbalón, algo que había que cruzar. Ismael se acercó entonces y le sirvió un vaso de sangría a Facundo. "Vamos a hablar arriba" le dijo, y su amigo asintió y Adrián se quedó solo con tres desconocidos.
Perséfone se le acercó. Había dejado "El progreso del peregrino" en la reposera. En ese día de verano tardío parecía una pantera perdida en un suburbio.
"Seguro que fueron a encamarse" le dijo a Adrián.
"¿Qué decís?" le preguntó él, desorientado.
" Vos te llamás Adrián, ¿no? Por qué te pensas que lo dejó la tal Francesca. Facundo me contó todo; estaban muy de novios con Francesca, pero el sentía que algo le faltaba y entonces se hizo amigo de Martín e Ismael Fernandez, boxeadores argentinos en desgracia en suelo francés. Se hizo muy, muy amigo. Una noche estaban los cuatro bastante borrachos y Francesca se quedó con Martín mientras su novio y su amigo iban al baño. Como tardaban mucho en volver la pobre Francesca fué a ver que pasaba y los encontró contra el lavabo, diciéndose lo mucho que se amaban en jadeos increíbles. Francesca volvió a la mesa, donde Martín ya estaba en la última curda y cuando Facundo volvió le dijo que lo dejaba para siempre. Que era evidente que el amor de su vida era su suelo patrio y su pija patria. Facundo no dijo ni pepa. Tardó tres meses en volver acá y obviamente se trajo a su amante y a su cuñado".
"Uy, Dios" dijo Adrián.
"No vayas a contar nada de esto en la high society de la Gran Ciudad de Buenos Aires porque seguro que se arma un quilombo de aquellos. Imagínate, el hijo dilecto de los herederos de medio Entre Rios y cuatro o cinco fábricas importantes encamado todas las noches con un hombre que a los dieciocho años hombreaba bolsas en el puerto. Facundo me habló de vos muchas veces y sé que sos un buen amigo suyo; trata de callarte la boca".
"Está bien" dijo él. Y el deseo volvió a llenarlo, pero entonces se dió cuenta que el deseo era algo inútil, porque Facundo probablemente lo seguía anhelando, pero había encontrado a un hombre que hacía más que desearlo. El nunca había dado ese paso. No se merecía a su amigo como amante y solo ahora podía comprenderlo.

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