viernes, 26 de abril de 2019

Manuel Mujica Lainez y su salón dorado.

Esta entrada empieza con un hecho contemporáneo: hace pocos días vi por televisión que Vicky Xipolitakis había decidido regalarle ropa suya a sus seguidores y una periodista de un programa de chimentos comentó, como queriendo hacer una crítica: pero, eso no es bondad, la ropa era toda de lycra, no había ningún Dolce y Gabanna, ningún Gucci. No sé por que extraño mecanismo mental esa periodista puede determinar si Vicky Xipolitakis es buena o mala persona según la marca de ropa que regala; me abstengo de opinar. Pero, no puede decirse que ese comentario no defina claramente como se piensa la aristocracia argentina y como piensa que Argentina es un país decadente. Ser de clase alta es tener un Dolce Gabanna o un Gucci y de vez en cuando, regalarlo a caridad. Por pura bondad. La gente que compra en La Salada o en Once no tienen clase, o si la tienen pero son de clase baja. Y mejor que sean buenos, porque cuando son malos tienen sindicatos, paritarias, y hacen paros nacionales. Y además nos llenan todas las calles con puestos de choripán. Inclusive las de Palermo Soho. Terrible. Así no se puede vivir.
Nadie vió mejor (mejor incluso de Julio Cortázar, quién siempre dijo que Casa Tomada no era una metáfora del peronismo sino un cuento fantástico y le creo; en realidad, es un cuento fantástico bastante plagiario de La caída de la casa Usher) la decadencia de la así llamada aristocracia argentina que Manuel Mujica Lainez. Misteriosa Buenos Aires es un gran libro de cuentos y cierra con uno bellísimo y cruel: El Salón Dorado. Una mujer muy anciana, rica y bastante tirana, queda paralítica y encerrada en el mejor salón de su mansión, el salón dorado. Sigue tiranizando a su sobrina y a su única criada desde ese salón e imagina que afuera todo sigue igual y recordando sus días de baile en la mansión. Un día su sobrina muere. La criada le dice que está cansada; que ella la toleraba mientras vivía su sobrina, pero que ahora no va a cuidarla más. Y que ya no es rica: que viven del  alquiler de todos los cuartos de la ex-mansión, convertidos en negocios: sombrererías, imprentas, talleres de costura. Que sus campos se vendieron todos. Y la abandona en el salón dorado. Es un final cruento pero es un final digno de un cuento de Chejov. La aristocracia argentina siempre se vió a si misma francesa o inglesa o norteamericana: la verdad es que es mucho más similar a la rusa. Se asombraron con el radicalismo, se asombraron con el comunismo, se asombraron con el peronismo y se asombran ahora cuando el pueblo no vota a los que ellos consideran mejores. Pero ¿por qué tendrían que votarlos? Hablan que Argentina hace cien años iba a ser potencia y que por culpa del peronismo, de la izquierda, del populismo. Es una mentira. Hace cien años había pogroms a los judíos en Villa Crespo, los chicos no se vacunaban, y en el campo un capataz de estancia podía matar a un peón y no ser castigados. Nunca existió la Argentina Primer Mundo: existía solamente en la mente de personas que eran parecidas a la protagonista de El Salón Dorado. La aristocracia actual dice que los pobres van a los actos por el chori y la coca; ellos votan para que les bajen los impuestos. Es el mismo nivel de corrupción. Pero, bueno, ellos pueden hacer caridad regalando Dolce and Gabanna. Digamos todo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario