Cuando Inmael terminó su relato, hubo un murmullo entre todos nosotros. Franco Cantón Espósito, que es el más irritable de nosotros cuatro, hizo sonar su vozarrón algo atemorizante:
- Ilustrísimo Saez Quesada, quizás no haya entendido el propósito de la Gran Inquisición y sus viajes. Lo enviamos a ese poblado y a Lisboa para que resuelva un misterio. Y usted regresa sin el buhonero y sin su hijo, a quiénes usted solo ha decidido que son inocentes y que merecen el amparo de la Gran Inquisición, sin consultarnos. Pero también nos dice que los asesinados no fueron asesinados por seres humanos o sea que intervino el diablo o la brujería. De algún tipo. Nos dice que ha leído las crónicas de dos antiguos y santos miembros de la Gran Inquisición, nos dice que ha interrogado a una tonta, a un alcalde viejo y a un cura más viejo y encima sordo, que ha soñado con un perro, y que la iglesia del pueblo necesita reparaciones. Y encima de todo nos dice que no sabe que pasó.
Era solamente Cantón Espósito quien hablaba, pero los otros tres mirábamos al quinto asiento con severidad. Era lo que todos nosotros habíamos pensado mientras escuchábamos el relato de Ismael. ¿Qué habíamos pensado, pensé yo, al aceptarlo como miembro de la Gran Inquisición? Quedaríamos en ridículo en la Corte Imperial, en Roma.
Inmael bajó la cabeza y pestañéo tres veces, como aceptando su derrota. Renunciará, me dije. Cuando volvió a hablar, su voz sono suave pero firme.
- Yo no les dije a ustedes que no sabía lo que pasó. Se lo dije al cura del pueblo.
- Increíble- bramó Franco Cantón Espósito.
Hice una seña para callarlo.
- Sigue. ¿Entonces sabe usted lo que pasó, Ilustrísimo Saez Quesada?
- Sí.
- Tenga el bien de ilustrarnos.
- A su disposición- dijo Inmael. - ¿Conocen algo de la historia de los viajes de Bernal Drocusto y de Daimán de Barneblie? No fueron contemporáneos. No se conocieron entre ellos. Bernal Drocusto fue tercer asiento entre 1815 y 1843, Daimán de Barneblie fue segundo asiento entre 1870 y 1913. Bernal Drocusto era severo, orgulloso e implacable y Daimán de Barneblie era, bueno, prácticamente lo contrario. No creo que hubieran sido cercanos si se hubieran conocido. Y sin embargo en el quinto libro de las Crónicas de Daimán se habla mucho de Bernal Drocusto y con cierta extraña admiración.
No hay que olvidar que Daimán de Barneblie era bastante simple, de poco latín y poca teología, pero que le gustaba resolver los misterios sencillos que ocurrían a su alrededor (una botella rota, una reliquia robada) y que por eso decidió ofrecerse como segundo asiento. Y, sorprendentemente para él, lo aceptaron. Creo que se sintió abrumado con el cargo: intentó estudiar, pero las sutilezas teologales no eran lo de él. Y entonces descubrió las crónicas de Bernal Drocusto, y a pesar de que su antecesor es cruel incluso en la descripción de las muertes, se interesa en ellas. Las lee muchas veces. Viajó tres veces al edificio de la Gran Inquisición en Lisboa solamente para leer esas crónicas. No hay otro lugar donde leerlas. Hay una sola copia manuscrita.
- Cada vez entiendo menos- dijo por lo bajo Franco Cantón Espósito. El primer asiento del Tribunal le hizo seña de silencio.
- Entonces en 1885 a Daimán de Barneblie le toca viajar a un pueblecito llamado Vesius, cerca de Praga. Porque en ese pueblo casi todos sus habitantes aparecieron muertos. Digo bien, casi todos. Un muchacho y una muchacha que habían estado fornicando en los bosques se salvaron, volvieron al pueblo, encontraron a todos sus habitantes muertos sin violencia y fueron a la posada más cercana para alertar. El posadero y algunos viajantes fueron hasta el pueblo comprobaron que lo que habían dicho los fornicadores era verdad, se espantaron, volvieron a la posada, y bueno, la noticia se desparramó, hubo pánico entre las aldeas cercanas, y se terminó convocando a la Gran Inquisición. Pero claro, cuando Daimán de Barneblie llegó ya era todo un desastre. El pánico había entrado incluso en las casas de los ricos y se podían encontrar en el camino que iba a Praga más efigies de la Virgen y capillas improvisadas que en toda Roma. No fue mucho lo que Daimán de Barneblie pudo averiguar: Vesius era un pueblecito pequeño, con su iglesia y su fuente y sus costumbres y una mañana todos sus habitantes habían sido asesinados sin violencia. Excepto dos. Y sin embargo Daimán de Barneblie no estaba sorprendido. Porque algo parecido había ocurrido en 1828, y le había tocado a Bernal Drocusto investigarlo. En un pueblecito cerca del Piamonte italiano. Un día todos los habitantes habían aparecido asesinados. Excepto dos.
- ¿Dos?- pregunté.
- Un muchacho y una muchacha. Habían estado fornicando en las montañas, por eso se salvaron. Cuando volvieron al pueblo encontraron a todos muertos. Fueron al palacete del comté Giuliamo, que quedaba cerca, a contar lo que había ocurrido. ¿No es una coincidencia increíble?
- No parece una coincidencia- dijo el primer asiento.- ¿Pudo Daimán de Barneblie interrogar a los únicos sobrevivientes? ¿Pudo Bernal Drocusto hacerlo?
Inmael sonrió.
- No. Nunca pudieron hacerlo. Aparentemente estos testigos tan jóvenes y tan impetuosos apenas dieron aviso de la catástrofe acaecida se desvanecieron.
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