Inmael Nurio Saez Quesada viajó a Lisboa e interrogó, en un calabozo que olía a orín y a mierda humana, al buhonero y a su hijo. Ambos estaban asustados, ambos hablaron muy poco, ambos le parecieron inocentes. Pero todos parecen inocentes, pensó Inmael. Maldijo su suerte: la primera vez que viajaba fuera de Toledo como miembro de la Gran Inquisición y le tocaba un asunto tan lleno de ripios. Si libero al buhonero y a su hijo, se decía, quizás esté liberando a un asesino venerador de Satanás y a su vástago corrompido. Si decido que son culpables y no lo son, estaré asesinando a dos inocentes y mi alma arderá en el infierno para siempre. Era un momento arduo y para distraerse, porque el insomnio lo devoraba (veía constantemente en sus sueños la boca de Catarina contando su historia, la piel algo escamosa de Baltazar, el herrumbre de las ollas, la boca desdentada del viejo Miñor, el agua de la fuente principal del pueblo corriendo, desbordando, las uñas mordidas y sucias y malolientes del buhonero) iba a la biblioteca a revisar libros sagrados: la Santa Biblia, pero también textos de Santo Tomás de Aquino, de Guillermo de Occam y de San Francisco de Asís. Había muchos libros extraños en esa biblioteca; no solo libros sacros, sino crónicas de hombres ancianos que habían pertenecido a la Gran Inquisición, y que habían viajado como él a lugares remotos, y habían visto casos extraños. Algunos de ellos eran feroces e implacables en sus descripciones de su castigo a la impiedad: Bernal Drocusto, por ejemplo, que había encendido cien hogueras entre Buda y Pest para quemar a cien hombres y mujeres que persistían en la herejía calvinista. Pero otros eran más sosegados al contar y más prudentes al quemar. Daimán de Barneblie, por ejemplo, que había empezado su vida como pastor de cabras cerca de los Alpes Suizos y que, sin entender ni el mismo por qué, un día decidió entrar a la orden de los benedictos y otro día, muchos años más tarde, ante los comentarios de una abadesa cercana que ponderó su capacidad de descubrir misterios cotidianos, se le ocurrió que sería un buen miembro de la Gran Inquisición y se presentó en Toledo transpirado, con una bolsa llena de quesos y un baúl lleno de vinos. Poca teología tenía Daimán de Barneblie y su latín y su griego eran bastante rústicos, pero fue aceptado, y como los otros cuatro asientos tenían ya más de setenta años y el tenía solo cuarenta y tres, era él quien viajaba cada vez que la Gran Inquisición era requerida. Tres años antes de morir, y cuando el reuma y la artrosis habían refrenado su ímpetu andariego, empezó a escribir Las crónicas del benedictino Daimán de Barneblie, miembro de la Gran Inquisición y fiel servidor de Cristo, en una prosa sosegada y descriptiva que calmó las noches inquietas de Inmael mucho más que el té de tilo que desayunaba y cenaba. Entre las narraciones de Daimán, el rezo y algunos días de ayuno pasó un mes Inmael en Lisboa. Una semana antes de la fiesta de San Antonio de Padua Inmael durmió pesadamente. Soñó con Daimán de Barneblie y con Bernal Drocusto y les preguntó si habían visto a Cristo en el Cielo. Ninguno de los dos respondió. En el sueño, Baltazar ladró. Cuando Inmael despertó, a la mañana siguiente, mandó llamar al buhonero y a su hijo. Ordenó que se les sirviera un buen desayuno, que les devolvieran sus pertenencias y que los liberaran, cosa que no le gustó demasiado a los guardias ni a la cocinera de la cárcel. Antes de irse, le dió al buhonero una carta de recomendación para una abadía a pocas leguas de allí, para que se empleara como mozo de cuadra. No vuelvas a España ni vuelvas a tu oficio de buhonero, le dijo con severidad. Un hombre apresado por la Gran Inquisición es un hombre marcado de por vida. La abadía es la última esperanza para tí y para tu hijo. El buhonero asintió y se perdió en el paisaje junto con su hijo.
Inmael volvió al pueblo donde los hechos habían ocurrido. Esta vez no habló con Catarina y apenas con el alcalde. Solo le pidió a este que quería hablar, a solas, con el cura. Es muy viejo y está muy sordo, dijo el alcalde, no importa, respondió Inmael, son pocas preguntas, las escribiré. Cuando estuvo ante el cura le escribió primero: ¿Catarina ha tomado la Sagrada Comunión? El cura asintió ruidosamente. ¿Ha sido confirmada? El cura negó ahora y respondió: está estudiando, le es difícil. La tercera pregunta fue: ¿Catarina y su madre han ayudado alguna vez en la iglesia? El cura volvió a asentir. Escribió: el primer y tercer domingo de cada mes limpian mi casa y la iglesia. A la madre y al padre no les parece mal que la niña entre al servicio de la iglesia si alguna vez les pasa algo. El hermano Carlo probablemente la recibiría y no niego que la quiera, pero es una muchacha algo, bueno, difícil. Pero no es tan tonta como parece a simple vista. Tuvo ese problema de niña, pero en el fondo es una buena muchacha. Gracias, le dijo Inmael.
¿Qué ocurrió con el buhonero y el niño? le preguntó el cura.
Inmael escribió.
Son inocentes. Ahora parto a Toledo.
¿Sabe qué pasó realmente? preguntó el cura.
No, escribió Inmael.
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